
El hombrecillo que quiere ser autor camina por su cuerda floja y debe pensar, pero también debe dejar espacio para otra cosa que no es pensar: debe saltar en algún momento. Aún no se ha enterado de lo de la muerte del autor: él vive, pero vive asfixiado. Sabe que todo acto creativo tiene la obligación de ser audaz, pero no encuentra la audacia de la vida ni de su vida. Y si no se sabe dónde encontrar esa chispa que le haga saltar para el lado de la audacia o para el lado de la repetición vulgar, toca esperar. Suponen que está en calma, pero espera con bochorno. Espera de forma pecaminosa y con vehemencia. Espera incluso con violencia. Pero solo espera y nada más. Se arrepiente de esperar y querría ahogarse, pero está muy ocupado esperando. «Hay otros mundos, pero están en este», dice la vomitivamente célebre cita de Éluard, a quien debo respetar. El miedo subordina al que se ve rodeado de literalidad, de transparencia informe, y se queda agitado como PeCasCor:
«Hay
muchos
mundos
pero yo no
estoy
en
ninguno.
¿Sabré
morir?
Vivir no he
sabido…».
Las rocas no se acaban. El agua, la lava, las montañas, todas esas cosas que ya estaban antes de que la vida apareciera y la sobrevivirán por siempre. Están ahí para toda la vida y para toda la no-vida e incluso, en su caso, también para la muerte, si acaso la muerte puede tener algo esperándola, rodeándola. Él podría estar ahí para la muerte si fuera piedra, fuego o viento. Me sorprende porque, como sabemos, la razón por la que la vida triunfó es porque supo reproducirse incontables veces, pero ellas —las lavas, rocas, etc.— se reproducen con tanta paciencia que podría pensarse que no lo hacen en absoluto. Y, aún así, no se acaban. El autor pide la Palabra, porque siente que dentro de él también está lo divino, como en el resto de las cosas vivas y no vivas y, por supuesto, en las muertas. Quizá en las muertas por encima de todo. Le han enseñado que los temas principales del texto siempre son el amor y la muerte, que es lo mismo que decir que el tema principal es la vida. Aún así, duda sobre ese acto tan básico y a la vez no se deja espacio para recrearse y jugar en la duda. No sabe si el mayor acto creativo, esta vida, es más premeditado que ingenuo o al revés. Es probable que a las rocas no les importe si la serpiente del Edén era el Demonio o era Jesús. ¿Para qué esta paciente tortura? Cree que busca lo que busca Amado Nervo:
«Destino, dime dónde, cómo, cuándo…
¡Considera que un alma está esperando!
Considera su angustia, considera
todo el desesperar de quien espera.
Este amor, tanto y tal
que es a un tiempo todo carne, todo luz, todo ideal;
este amor que por grande me acerca a lo absoluto,
¿ha de morir sin flores, se ha de secar sin fruto?
¿Habré plantado en balde mis rosales?
¿Han de helarse, ya rubios, mis trigales?
(Preguntar estas cosas, ¡oh!, Dios mío,
con la fe que yo tengo, ¿no es impío?)
Destino, cuya mano, si la toca,
hace nacer la linfa de la roca
y el bien o el mal con rudo impulso fragua:
acuérdate de mí: soy una boca
que se muere de sed junto del agua».
Un poema bastante estúpido, si me preguntan. Hay ansiedad, pero no la suficiente, aunque al menos Amado Nervo logró escribir. Este hombrecillo sí que está ahogándose, muriendo de hambre, con el teclado enfrente. Se sienta voraz a la mesa, pero la paz no llega al probar el primer bocado, sino con la certeza de que su plato ya se está preparando. Ahí, ahí viene la inspiración. Pronto, ¡prontísimo! se lo van a servir, y solo queda en él un dulce y pacificado apetito. ¡Va a tragarse el mundo! Sí, sí, eso es lo que dice, como lo oyes, que va a tragárselo sin masticar, sin desmenuzarlo, sin tratar de identificar cada sabor, va a engullir y luego a dormir. De repente: se sacia con su propia hambre. No escribe una palabra, claro: la voracidad mengua hasta que se sacia a sí misma. Vaya tardecita nos ha dado, todo para nada.
Repite que el acto creativo debe ser atrevido, sea plegando o multiplicando la realidad. Pero dentro de su mayor o menor desconocimiento en uno u otro campo, siempre se enfrenta con un peligroso doble filo: la ingenuidad o alimenta la audacia o la aborta antes de que nazca. En cada palabra y en cada espacio se toma una decisión que refleja lo consciente que es el autor del mundo. Conforme va aprendiendo, comparando, anticipando qué es lo que se tiene que decir, domina o consume su creatividad, porque cuando la conciencia de la propia obra se vuelve excesiva, fija las impresiones del mundo y las vuelve estáticas.
La ingenuidad suele presentar como audaz lo que está trillado, servir de molde, infiltrarse en todas las máquinas que forman la cadena de montaje, confirmando lo ya dicho, confundiendo seriedad o incluso sinceridad con evidencia. La obra de este autor solo podrá ser considerada creativa si quien la mira es igual de cándido: así, tú, que eres muy impresionable, me hablas durante horas de X película sin saber que, XX años antes, XXX director ya hizo la película XXXX. Y, como esto ya está muy bien explicado por Chéjov, me remito al reproche que le lanza a Lázarev-Gruzinski en una carta de 1888, ¡lee!, ¡lee esto, querido!: «Las comillas las emplean dos tipos de escritores: los tímidos y los desprovistos de ingenio. Los primeros se asustan de su audacia y originalidad; en cuanto a los segundos (como Nefédov y en parte también Boborikin), cuando encierran una palabra entre comillas, quieren decir con ello: “¡Fíjate, lector, qué palabra tan atrevida, original y nueva he acuñado!”». Y si solo fueran las comillas y los paréntesis y las rayas, todavía. Pero ya has aprendido también que la palabra escrita mata. Al escoger una palabra y no otra impides infinitas posibilidades, borras infinitos multiversos para elegir uno solo, el que congelas a base de escribirlo, ese que yo voy a tener que leer. Lo ha dicho ya todo el mundo: Nietzsche, Unamuno, hasta en este mismísimo siglo se han enterado. Luna Miguel se ha enterado.
Por otro lado, cuando, aún conociendo el mundo, deliberadamente paran de conocerse los límites, los significados, se puede hacer lo que no se puede hacer. «Haré todo lo posible e incluso lo imposible si también lo imposible es posible», por seguir citando a los clásicos. Mientras que la tierna ingenuidad del niño viene por defecto para la mayoría de ellos, la ingenuidad selectiva y espontánea pero consciente del adulto es toda una conquista que requiere años de trabajo. Requiere estudio. Y disciplina. Vaya fiasco. Este tipo de ingenuidad trabajada opera de un modo similar a la sumisión por amor, en la que el amante se rinde al amado sabiendo que con ello no está anulando su libertad, sino tomando la decisión más lúcida de su vida. Yo, que soy el amante atado a este hombrecillo ridículo, indocumentado, sé de lo que hablo. Entra y sale de los mismos lugares con la misma poca energía, no hay nada que deducir ni apostar, ni distingue los colores del mundo de forma nítida ni tampoco ve a través de ellos.
Mi querido tiene miedo de leer y conocer y contaminarse. ¿De qué te vas a contaminar? ¿Qué es lo que vas a echar a perder? Si no hay nada en absoluto. No tengo claro si debería contarle aquello de que hay que ser sublime sin interrupción. ¿Leer a Baudelaire? Muy tarde, ya es tarde para eso. Si le hubieras leído en su momento, habrías pasado la fiebre y te habrías recuperado en unos días como hacen los niños. Incluso habrías crecido un poquito. Quizá llegarías a pintar como los niños, sí, como los vanguardistas. Así, un jovenzuelo Umbral en Las ninfas vive obsesionado con aquello de la sublimidad, aunque sin saber muy bien en qué consiste. Y, justo cuando ya se había convencido de que el arte es posible, descubre que el aprendiz de escritor que tanto admira también tiene que ir patéticamente al mercado como él. Al mercado, sí, sí, a los puestos de las viejas. Lo que implica, por supuesto, que no queda ningún espacio en el mundo donde ser sublime sin interrupción sea posible. Todos tienen que ir a comprar harina y zanahorias y carbón. Qué doloroso. Pero nuestro Lord vallisoletano no se deja consumir del todo. Se queda observando al escritor con atención, observa que su porte cuando va al mercado no es el mismo que el del escuálido Umbral, siempre humillado por tener que hacer recados, y que él no los llama recados, sino gestiones («qué palabra, aquello sí que era sublimizar el recado»), y que saca un brillante reloj de bolsillo de la chaqueta, y que todo en él es natural. Entonces Umbral vuelve a creer en la ingenua —y construida— posibilidad de lo sublime: vuelve a creer en la literatura.
¿Esta historieta tampoco te dice nada? Pues no sé qué deberías leer. Quizá te puedas sentir identificado con esas angustiosas novelitas de Pasolini donde se dedica a acechar twinks. Podríamos entretener la idea de que el atrevimiento que tanto buscas no siempre está ligado con lo desconocido: a veces trata precisamente de exponer la realidad que ya todos conocen. La sinceridad puede ser el acto más audaz del creador. ¿No? ¿Tu cacería de twinks no podría verse ahí reflejada? Aunque hay muchos ejemplos en contra. Es verdad que Mariano Ozores en Los Chulos (1981) puso a una conga de políticos y prostitutas a cantar «por eso no es un bulo / que España va de culo», y ese es un singularísimo acto creativo puesto que, como todo español sabe, la palabra «bulo» fue inventada por el PSOE en 2024. Aquí no veo nada de ingenuidad. Proyección astral, puede; viaje al futuro, es probable; pero ingenuidad, ninguna.
A veces me parece que la ingenuidad es no solo un estado, sino una manera de acercarse al desconocimiento que se contrapone con la envidia. Según las leyendas, fueron víctimas de este desconocimiento no ingenuo, entre otros:
1. Aristóteles arrojándose al Euripo, deprimido por no poder explicar el movimiento de sus aguas.
2. Empédocles arrojándose al Etna, deprimido por no poder explicar la causa de las erupciones.
Si hubiesen escrito un ingenuo poema, se habrían salvado. Pero eran avariciosos y envidiosos y no podían vivir sin saber.
¿Saltas tú ya de la cuerda o…? Ah, vale, vale, todavía te queda sudor dentro que tienes que sacar, bien, entiendo. Pero esa sensibilidad lúdica y superior no la vas a encontrar agobiado. Recuerda que nuestro compañero Alberto siempre repetía los mismos versos: «Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte», aunque creo firmemente que él siempre decía «el norte y el sur». Desde luego siempre mostraba en alto cuatro dedos, luego escondía el meñique, luego subía el índice y el corazón y luego bajaba solo el índice. Siempre recitaba el poema ilustrándolo así. Creo que invertía el orden del sur-norte porque levantar y luego dejar caer el dedo es más natural, y el texto debe ser adaptado a las exigencias físicas del intérprete. Ahí tienes otro pedacito de lo que buscas.
Sin embargo, con todos mis respetos, yo prefiero el desdoblamiento al minimalismo. Prefiero multiplicar a plegar, ya te lo dije. Prefiero «una mujer [o twink] y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto». Prefiero pensar que nuestra pareja lee un terceto que genera cuadruplicidades, como este de Juan Ramón Jiménez:
«¡Cuán extraños
los dos con nuestro instinto!
… De pronto, somos cuatro».


Ilustraciones de: Alejandra Fernández •Edición: Beatriz Sanjuán · Freddy Gonçalves
«Este proyecto ha recibido una ayuda del Ministerio de Cultura y Deporte a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura»



