
Me fui de casa dos veces, las dos subí al árbol de la calle, uno que nos servía de escondite. Lo usábamos cuando jugábamos al Paco y Ladrón. También cuando queríamos confesarnos secretos, aunque rara vez revelaba los míos; al contrario, prestaba oído y escuchaba las miserias de mis amiguitas. Historias como las de casi todas las niñas que nacimos y crecimos en dictadura. Esa edad de siempre, sin edad feliz de la que tantas veces escribió Gabriela Mistral. Personalmente, siento una mezcla de respeto y aprensión por esas niñas que sobrevivieron. Lo curioso es que no me he hecho preguntas sobre esa infancia más allá del horror que descubro detrás de la sombra delrecuerdo. Digo, mis preguntas no están dirigidas a la niña que reclama el pedazo de infancia arrebatada, esa edad feliz que tantos recuerdan, mis preguntas se encaminan al pasado hostil y al presente continuo. En fin. Como decía, me fui de casa dos veces y las dos vi asomarse a mi mamá para llamarme a comer, un gesto cotidiano y ausente. Ella no sabía qué tipo de preguntas profanaban la cabeza de su hija adolescente, tampoco sobre la rabia que se ibaramificando como la maleza que crecía en el tronco del árbol de la calle y lo hacía parecer un enorme macetero de hojas y flores. Mi madre me llamaba y desaparecía detrás de la puerta de la cocina. Eso era todo. En mis fantasías de huida, el árbol refugio se convertía en mi casa y bajaba únicamente para entrar por la misma puerta de la cocina, robar algunas viandas y desaparecer. Quería escribir, leer, espiar a los vecinos, mirar por entre las ramas y descubrira la vecina sacándose el maquillaje o al niño de la esquina al que obligaban a comer pegándole palmadas en la nuca. Ser sombra entre los árboles. Me gustaba pensar que era invisible. ¿Qué hace una niña o niño que se esconde? Desafía la realidad.
Transforma puertas o árboles en umbrales hacia otros lugares. Está y no está. ¿Qué hace el que escribe? Se esconde también, aunque el escondite, en este caso, es una ventana que le permite detenerse. Está en una rama imaginaria de un árbol imaginario interpelando la realidad, porque el que escribe no solo mira, también reflexiona, pregunta y se incomoda. Debe sentir esa incomodidad con el entorno para apartarse. Debe buscar el espacio de intimidad donde la ecualización de sonidos adquiere una melodía propia. Y escucha.
Durante la infancia los escondites son variados. Todo sirve para crear rincones refugios de los que habla Gastón Bachelard en La poética del espacio: “todo espacio reducido donde nos gusta acurrucarnos, agazaparnos sobre nosotros mismos, es para la imaginación una soledad (…) Y si se recuerdan las horas del rincón, se recuerda el silencio de los pensamientos1”. ¿Qué pensaba arriba del árbol? Que la vida podía ser de otra manera. Que podía borrar la ausencia, el alcohol, los gritos de mis padres, borrar también la sensación de estar atrapada, que podía, en cambio, reescribir mi historia a la luz de ese amplio paisaje que me donaba el árbol y para eso, bastaba trasladar mis bártulos a sus ramas.
Alguien escondido no solo mira de otra forma, escucha también. Parte de su atención está puesta en ese mundo del cual se ha exiliado gracias a la magia del escondite. En el caso de niñas o niños, es difícil dejar de jugar, aun en circunstancias complejas; durante la dictadura, nuestra aproximación al mundo estaba mediada por el juego. Algunos misteriosos, como la Ouija que inevitablemente terminaba por matarnos de susto cada vez que la aguja se movía y creíamos ver aparecer el espíritu de la tía de una de mis amiguitas desaparecida por la DINA. Pero la gran mayoría de juegos tenía que ver con transformar esa realidad a nuestro antojo.
Walter Benjamin lo describe en Dirección única: “Los niños sienten una atracción irresistible por los desechos. En los productos desechados reconocen el rostro que el mundo de las cosas les vuelve sólo a ellos, a ellos y nadie más. Con éstos, crean relaciones nuevas e inesperadas con materiales de índole muy diversa a partir de lo que van elaborando mientras juegan. De este modo, los niños crean ellos mismos su propio mundo de cosas, un mundopequeño dentro del grande2”. Me gusta el verbo crear asociado a escombros o fragmentos, porque la memoria de quien escribe no es lineal, se compone de pedazos, sonidos, citas, lecturas, aprendizajes, imágenes, emociones, olores, todo un conjunto de piezas que deben recomponerse a partir de la infancia.
Cuando se es niña, y adolescente también, ese mundo pequeño del que habla Benjamin permanece vivo, todo está animado: ramas, piedras, insectos, olas, todo y esa aproximación hacia las cosas que los rodean no solo enriquece el mundo que habitan, sino que lo resignifica. Ahí está la grandeza de la infancia: mirar y escuchar como si se tratara de una segunda lengua, minuciosa, exacta, llena de misterios que hay que develar. En otras palabras, partir de cero. Y ahí está el desafío de la escritura: volver a nombrar, dotar de vida a las cosas, saber con certeza que las palabrasescritas pueden abrir rendijas, sacudir el lenguaje, reanimarlo, para dejar de leer como se ha leído y traducir como se ha traducido. Porque para cualquiera que escribe en este siglo, el desafío está precisamente en esa resonancia. La exhalación única a la que debiera aspirar cualquier texto, porque, como advierte Leila Guerriero “una historia, cualquier historia, tiene como destino posible la gloria o el olvido. Y la clave no está en el cuento que la historia cuenta, sino en cómo se cuenta: eso la hace arribar con toda pompa a un puerto majestuoso o hundirse en el mar de la indiferencia3”. Huelga decir que el mar de la indiferencia está compuesto de palabras y, hoy por hoy, son demasiadas, unas sobre otras como castillos de naipes, los libros se escriben, se publican, las novedades suplantan aotras novedades en menos de seis meses y se acumulan en bodegas que no llegan a ningún lado, excepto a esas horas de oscuridad que les dona el olvido. Aspirar a una resonancia peculiar o un tipo de sonido primordial, entonces, requiere un trabajo de inmersión que parte en la intimidad, en el silencio de los pensamientos. También, en la infancia. Ahí están guardadas líneas de sonidos, vibraciones e impresiones diferentes de las que recibirá durante su adaptación al medio que lo recibe, la escuela, por ejemplo. No quisiera hacer una apología de la infancia,nada más lejos de mi propia percepción de lo que esta significa, simplemente, quisiera resaltar que en ella se guarda una forma particular que tuvimos de apropiarnos del mundo. ¿Por qué? Porque niñas y niños son devoradores, ¿por qué?
Lo necesitan para crecer, ¿por qué?
Porque el mundo es pequeño todavía, ¿por qué?
Deben reconocer cada piedra, cada árbol, cada gesto anclado a sus relaciones.
Uno vuelve temblando a su propio país4, escribió Jonas Mekas en sus diarios. Algo similar ocurre al queescribe cuando se asoma a mirar su infancia, ese otro país tan lejano y que nunca abandona del todo. Una especie de vaguada costera, lengua de aire frío que atraviesa el valle cálido y crea una inestabilidad atmosférica, ¿frío o calor? Cómo saberlo. A veces, esas vueltas traen colores y armonías; otras, un desequilibrio feroz. De todos modos, para crear en el sentido estricto del término, se necesita volver a ella con una mirada llena de curiosidad. Es decir, volverse literatura.
Hablando de volver y encontrarse, hace algunos años me perdí en un bosque. Había llegado a la punta australde la isla en una lancha destartalada y pequeña en la que estuve segura de que iba a morir. Las olas superaban los quince metros, gruesas, profundas y la cáscara de nuez en la que navegaba hacía esfuerzo por surfearlas. Decidí hacer el trayecto abrazada al mástil, completamente sorda a las advertencias del capitán: era peligroso. Claro que era peligroso, pero prefería saltar en mil pedazos que morir ahogada dentro de la cabina junto a pollos y puercos que los habitantes del fin del mundo llevaban para abastecerse. Tres horas duró ese mareo, ese miedo a morir ahogada, después, todo se calmó y llegamos al muelle con un mar tranquilo que daba para pensar que Poseidón había decidido perdonarnos la vida. Apenas pisé la playa, me sorprendió el bosque que inundaba la vista. Un bosque sonoro, siempre quejándose, conversando, crujiendo, advirtiendo, sobre todo eso.
Comencé mis caminatas con timidez, ida y vuelta, pero con los días me volví osada y empecé a internarme en la maraña de ramas y árboles. Fue así como un día me aparté de la huella. No tenía idea de cómo volver, así esque me senté a escuchar quejidos y crujideras, pisadas, sonido de hojas moviéndose con el viento, un martín pescador vino a posarse en mi hombro, me miró de costado, pareció interrogarme, ¿cómo se habla la lengua de los pájaros?
Intensifiqué la mirada. Al rato, perdió el interés en mí y se alejó volando. Entonces, tuve la certeza de que el bosque estaba vivo no en el sentido común que le damos los sujetos del siglo XXI, sino que era, tal como lo nombraban los huilliches, un sujeto en sí mismo, unidad ecológica que dialogaba consigo misma. El descubrimiento me tranquilizó lo suficiente como para aguzar el oído e intentar entender algo de esos ruidos, no sucedió, por supuesto, se requieretiempo para volver a nombrar las cosas vivas que nos rodean, pero sí reconocí el sonido del mar escondido entre elaletear de los insectos, las pisadas de animales aplastando las hojas y las sacudidas de ramas. Era apenas un silbido, sin asomo de bravura, pero suficiente para saberme a salvo. Caminando hacia él, encontraría la huella. Lo que quierodecir con esto es que si aceptamos que la creación es algo que nos fue dado en cuanto seres pensantes, pues pensar es como respirar, una condición humana que no se abandona por mucho que nos esforcemos, los pensamientos fluyen en nuestra mente sin pausa, entonces, entendemos también que podemos entrenar suficientemente nuestra mente como para amasar nuevas conexiones, crear historias, saber contarlas de manera que conecten con otros, lectores todos, a quienes pocas
veces tenemos enfrente a la hora de escribir y sin los cuales un libro tiene poco sentido. Aun cuando nuestra lenguamadre haya perdido la capacidad de nombrar los sonidos del bosque o el alma que lo anima, como quienes habitaron en el principio de los tiempos, podemos recuperar palabras, sonidos o vibraciones para decir, en una imagen, el viento entre los árboles o crujidos del bosque en la mañana.
No solo eso, podremos volver a nombrar, como lo hicimos cuando fuimos niñas o niños, tensar las palabras, obligar a nuestra lengua a animar el bosque, las aguas, los cerros, las estrellas. Crear. Lo diré de una vez: es imposible hacerlo habiendo asumido la frustración presente en el lenguaje. Porque como adultos sabemos que la matriz lingüística que nos ampara, esa que posibilita nuestra existencia, es mayormente colectiva. No existe originalidad, lo nuevo es apenas un remedo. En palabras de George Steiner “nuestros pensamientos son, en unamedida abrumadora, un universal humano, una propiedad común5”. Y ese capital humano, esa biblioteca universalpresente en nuestros imaginarios, no se renueva si no renovamos la voz que la cuenta. Escribir tiene que ver con ese tipo de resonancia, un aliento presente en el mar de nuestras experiencias que nos lleva a descubrir una voz, la nuestra. Dicho de otra manera, no se puede escribir si no se está dispuesto a atravesar un mar bravísimo que amenaza con tumbarnos sin tener la menor idea de la orilla en que nos dejará el ejercicio. Lanzarnos como suicidas hacia el meollo de aquella frase que nos desvela, esa imagen que nos persigue, ese sonido que creemos reconocer en medio del ruido ambiente. Arribar al puerto majestuoso del que habla Guerriero, entonces, supone detenerse, habitar el silencio, el rincón de nuestra intimidad y descubrir de qué materia están construidas las preguntas o inquietudes que presionan la escritura.
Imagino que a estas alturas pensarán que olvidé nombrar cosas muy concretas que se necesitan para escribir, como resolver el qué, quién, dónde, cuándo y por qué. Yo también pensé en ellas hace tanto. Quién narra, en qué contexto político o social lo hace, ¿la historia sucede en un día, una semana o una vida? En fin, me hice esas preguntas y sufrí con verbos y adjetivos, me enredé en cuestiones gramaticales, la puntuación que le otorga respiración al texto, y, una y otra vez, mientras permanecí anclada a esa lectura crítica y acuciosa del texto que escribía (siempre necesaria, por cierto, pero no exclusiva) más lejos me sentí de su sangre, su propia pulsión. Mantenerme anclada a esa forma me enseñó a establecer cierta estructura y obtener material de investigación necesario para que la historia funcionara, una especie de andamiaje que la sostenía, pero con el tiempo entendí que eso no tiene mucho que ver con creación. Ahora lo sé, porque a escribir, debo confesar, aprendí hace poco, apenas unos meses atrás. Bueno, puede que exagere. Pero fue hace un momento cuando escuché, como se escucharía una voz que ilumina el paisaje, mi propia voz. Salió dando saltos, sentí ganas de atajarla, que no fuera tan rápido, incluso, recuerdo que grité ¡detente! No lo hizo, por supuesto que no, continuó corriendo sobre el teclado. Daba saltos, mezclaba fechas, confundía cosas, citaba, siempre entrando y saliendo de textos antiguos o búsquedas pretéritas, nada le importaba menos, manejaba mi imaginario a gran velocidad, movimientos rápidos, pero a la vez,sumamente orgánicos, como si me recordara ese soplo, la vibración que sentí cuando niña, como si me dijera que la escritura es un juego que ocurre en el presente, sí, pero también en el cuerpo, mi cuerpo que ha atravesado esos tiempos remotos. Permitir que esa voz fluyera sin peros fue lo que me permitió acercarme a la infancia feroz y, al mismo tiempo, no escribir en sentido estricto ni preguntar sobre palabras o verbos, dejar que esa voz se expresara, cantando y bailando con las ganas con que lo hacía, pues no tenía ningún complejo con lo que lanzaba sobre la página, todo lo contrario, parecía una amiga venida desde lejos dispuesta a exponer su intimidad y a contarme una historia que necesitaba escuchar.
Referencias:
1. Bachelard, Gaston (2020). La poética del espacio. México: Breviarios, Fondo de Cultura Económica, p.199.
2. Benjamin, Walter, Dirección única. Edición ampliada (2021). Santiago: Ediciones Universidad Diego Portales, p.46.
3. Guerriero, Leila (2022). Zona de obras. Barcelona, Editorial Anagrama, p.97.
4. Mekas, Jonas (2021). Ningún lugar a donde ir. Buenos Aires, Caja Negra.
5. Steiner, George (2007). Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento. México: Centzontle. Siruela. Fondo de Cultura Económica, p.30.


Ilustraciones de: Alejandra Fernández • Edición: Beatriz Sanjuán · Freddy Gonçalves
«Este proyecto ha recibido una ayuda del Ministerio de Cultura y Deporte a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura»


