*esta entrevista se llevó a cabo en el verano/otoño del 2024
Yo conocí a Mar Benegas cuando era una niña de once años, aunque apenas lo recuerdo. Fue en un taller de poesía para niños que impartió en la librería gijonesa El Bosque de la Maga Colibrí. Tengo en la estantería de mi habitación su libro A lo bestia (Litera Libros, 2014), con unas palabras dedicadas por ella: “confío en que no dejes de escribir nunca”. Esa confianza en la escritura y en la infancia es la base sobre la que Mar Benegas (Valencia, 1975) sustenta su trabajo como poeta y mediadora. Ganadora de premios como el Cervantes Chico 2022 y directora de JALEO, las Jornadas de Animación a la Lectura, Escritura y Observación, Mar es una persona activa y dispuesta a dar la cara por la poesía. Gracias a ello, accede a pasar un rato charlando a través de la pantalla, ordenando las ideas que le llegan sobre las cosas que le importan y tratando de seguir poniendo palabras a la necesidad de poesía de niños y adultos.
Me gustaría hablar un poco sobre tu relación con la poesía como creadora y también como mediadora. A la hora de presentarte en tu blog y en otras entrevistas, comentas que te gustan mucho las palabras. Llevas muchos años recitando y, cuando lo haces, apoyas esas palabras con imágenes, con objetos, implicando el cuerpo y a quienes están participando. Como amante de las palabras, ¿consideras estos otros elementos a la hora de plantear un recital? ¿Hasta qué punto es importante para ti sacar la poesía de la página?
Depende mucho de lo que quiera hacer. Porque yo siempre digo que la poesía tiene diferentes formas de ser leída. Se puede susurrar, se puede contar como un secreto, se puede leer en la intimidad. Hay una poesía que se vive con el cuerpo, sobre todo en la infancia, y que tiene mucho que ver con el movimiento. Por ejemplo, las niñas, cuando juegan a las palmas, utilizan el cuerpo y el ritmo de la voz para crear una liturgia diferente que viene del juego. Luego hay una parte de la poética escénica que permite la introducción de objetos. Pero un buen poema no lo necesita. Es muy importante cómo se lee. Efectivamente, tiene que participar el cuerpo y son importantes la voz, los gestos y la conexión con quien está escuchando, sobre todo cuando hablamos de un poema recitado en voz alta. También hay un tipo de poesía, tan maravillosa como la otra, que necesita solo del lector, de los ojos y del silencio. El problema es que hablar de poesía es como hablar del océano. No es lo mismo verlo de noche que de día; con oleaje, con tormenta, en calma, en la costa, en la orilla, con arena, con rocas o en un acantilado. En fin, hay mil formas de ponerse frente al mar, y con la poesía ocurre un poco lo mismo.
A veces preparas un espectáculo, como el recital escénico que estrenamos en verano (del 2024) en La Casa de los Títeres, en Abizanda, en el que éramos dos personas trabajando con objetos y con una parte teatral. Pero yo normalmente, cuando me pongo frente a los chavales, lo que hago es estar con el libro en la mano, aunque sea de forma simbólica o testimonial, y recitarles con mi voz. Y ya está. Y también funciona. Si utilizamos objetos, tienen que tener un sentido.
¿Y alguna vez, jugando tú con esos objetos u otros elementos, te encontraste con que la palabra ya no era necesaria? Digamos, con la posibilidad de deshacerse de la palabra y encontrar que la poesía está en otra cosa. Por ejemplo, en un juego de cuerpo que ya lo está diciendo todo y donde parece que la palabra se queda demás.
No, la palabra, cuando hablamos de poesía, nunca está de más. Excepto cuando hablamos de poesía visual, que es metáfora pura. Además, esto ya está demostrado científicamente: una imagen leída, una metáfora leída, genera la misma actividad cerebral que una imagen vista, un cuadro, un paisaje o una fotografía. Se activan las mismas áreas con estos lenguajes. Cuando hablamos de poesía, hablamos de lenguaje. Creo que hay que diferenciar de qué tipo de poesía estamos hablando. Si yo estoy leyendo versos escritos con palabras, entonces la palabra es imprescindible. No es que un tipo de poesía sea mejor ni peor. Simplemente es diferente.
Un poco en relación con esta cuestión de la imagen y la palabra: en la inmensa mayoría de tus libros trabajas con ilustradores y artistas visuales que, digamos, también completan esa obra. ¿Suele ser un trabajo que haces en paralelo con ellos o siempre va primero el poema y luego las imágenes que lo acompañan?
Cuando hablamos de libros ilustrados, ambos códigos tienen que dialogar. Sobre todo, la poesía es muy difícil de ilustrar porque ya es imagen en sí misma, así que el diálogo tiene que ser paralelo. Porque, si no, sería redundante. Ahí tengo la suerte de contar con editoras que trabajan la parte de la ilustración. Yo no formo parte de ese proceso, en general. A veces tengo la suerte narrativa de poder trabajar el texto a partir de las imágenes, pero normalmente no sucede así. La ilustración viene a partir del poema y los editores tienen mucho ojo a la hora de elegir ese diálogo, ese baile, esa complementación que creo que es muy importante. Por ejemplo, ahora ha salido Para decir un bosque, que es un libro de poemas relacionados con este tema. Yo vivo aquí, en la montaña, y me parece un libro especial porque todos los poemas van acompañados de fotografías hermosísimas e ilustraciones, y se establece un diálogo entre las tres representaciones muy interesante. En el caso de mis libros, las ilustraciones establecen una relación con el texto, pero no son literales, porque entonces el objeto-libro perdería todo el misterio.

En tus libros siempre pones mucho el foco en permitirse jugar con la poesía. Ahora mismo, ¿consideras que en tu propio proceso creativo puedes permitirte ese juego y que sigue siendo un motor para ti como creadora, o ya no lo consideras tanto?
Totalmente. Si no jugase, no escribiría. Pero cuando digo jugar, ojo, hay juegos muy serios. También lo hago para no aburrirme. Siempre estoy escribiendo, y los poetas tenemos la tendencia a mirarnos mucho y a escuchar demasiado nuestra propia voz. Al final, acabas escribiendo siempre lo mismo, con el mismo tono y el mismo tipo de poesía. Así que para mí el juego de la poesía es ese reto de buscar hacia dónde va y a quién se dirige. Tengo la suerte, además, de poder dialogar con las personas a las que van dirigidos mis libros. Hago muchísimos encuentros con el poema puesto en pie frente a ellas y veo cómo reaccionan, qué les hace reír, por dónde jugamos, qué les emociona…
Aunque, por lo que dices, no parece que haya sido así, al menos a un nivel fundamental, ¿ha cambiado tu manera de ver la poesía? Además de poeta y autora, también eres mediadora y formadora. ¿Han entrado alguna vez en conflicto esas dos facetas, la creativa y la de educadora? ¿Te obliga eso a mirar las cosas de otra manera?
Realmente creo que me ayuda. Es lo que decía: yo conozco a muchos poetas que viven en sí mismos. Y yo eso también lo hice, porque a mí la poesía me ha salvado la vida. Por eso es tan importante transmitir eso a la gente, me da igual que sean niños pequeños, jóvenes, profesores o mediadores. Para mí es importante que todo el mundo sepa que tiene una herramienta a su alcance, que la escritura de poesía puede cambiarte, ayudarte a poner las cosas en su lugar y a verlas de otra manera.
Ahora estoy leyendo La llegada a la escritura con un grupo del Laboratorio de Poesía. Hélène Cixous dice que la poesía es como esa tabla de salvación que nos ayuda a ordenar el caos. Efectivamente, en mi caso concreto sucedió de esta manera. Entonces he tenido muchos años de escribir para salvarme y encontrar mi lugar en el mundo. Cuando dejé el trabajo que tenía para lanzarme al abismo y dedicarme profesionalmente a la poesía, todo se reconfiguró y se dirigió a otro sitio. En lugar de perderme en mí misma, he encontrado la forma de intentar contagiar a los demás. Yo sigo escribiendo cuando me siento mal, triste, cuando necesito volver a salvarme; pero también escribo cuando estoy contenta o cuando quiero mirar al otro, a ese niño o esa niña, a ese bebé, porque también pienso en la importancia que tiene el lenguaje en las primeras edades. También les explico a los jóvenes cómo a mí me salvó. Creo que se ha amplificado mi visión. Según mi mirada personal y subjetivísima, a mí me ha hecho aprender y crecer como persona. Creo que, en quienes escribimos, siempre hay una necesidad de que el otro nos vea, de que nos lea, aunque también lo hagamos para salvarnos. Para eso se escribe: para dialogar con el otro, con el lector.
¿Consideras que hay una tendencia, por parte de los adultos, a enseñar moralidad en la infancia a través de los libros? ¿Dónde cabe la poesía en ese panorama?
Realmente sí existe un tipo de poesía moralizadora, que te enseña a vivir; “poesía de autoayuda”, la llamo yo. También la hay, y mucha. No solamente en la poesía para niños o en la infancia. Creo que esto es un problema sistémico. Estamos llegando a un punto en el que nos están diciendo cómo tenemos que hacerlo todo, qué pensar, cómo hablar, qué es lo políticamente correcto. Se está generando una cultura de la cancelación, una falta de libertad y de criterio a todos los niveles y en todos los bandos. Estamos muy a la deriva. Sí creo que hay una necesidad de imponer nuestra forma de pensar al otro. Internet y las redes sociales se han convertido en los nuevos juzgadores de la sociedad. Es un problema de fondo, como una plaga que se va extendiendo cada vez más.
La forma en la que los jóvenes nos relacionamos con el entorno y con nuestras referencias también cambia. Ahora mismo predomina mucho el código visual. Como persona que está en contacto directo con jóvenes, ¿has notado algún cambio significativo en su manera de relacionarse con lo poético?
Vuelvo a lo mismo. No es una cuestión de juventud ni de infancia. Tenemos un problema cada vez más grande de comunicación, una falta de reflexión y de profundidad. Estamos perdiendo capacidad de atención. De hecho, ya hay estudios que lo demuestran: somos incapaces de leer más de tres minutos. Para mí, estar cuarenta y cinco minutos solamente con mi cuerpo, recitando poemas de viva voz, es casi un acto de resistencia. Yo dejé de utilizar imágenes en mis conferencias, sobre todo cuando me dirijo a personas adultas y profesionales a quienes se supone que les interesan el lenguaje y la poesía, porque me pareció ya un problema. La importancia que tiene la educación estética de la imagen es muy grande, pero estamos llegando a un punto en el que nos faltan referencias en la palabra.
Otra cosa importante también ha sido el tema del confinamiento, y esto sí lo he notado en los niños que están creciendo, fundamentalmente en las primeras edades. Ha habido un bajón en cuanto a la percepción y la comprensión de la complejidad de las cosas. Las propuestas de escritura que yo estaba haciendo con los niños más mayores he tenido que dejar de hacerlas y empezar a utilizar las que hacía con los más pequeños. Yo creo que esto es una consecuencia del propio sistema, que necesita que estemos callados, silenciosos y que no profundicemos. Creo que somos los adultos quienes tendríamos que asumir una responsabilidad respecto a lo que estamos permitiendo que suceda.
En cuanto a mi experiencia con los jóvenes, es otra: siempre me sorprenden. Las sesiones casi siempre funcionan. La curiosidad de la juventud y de la infancia sigue intacta, y es muy fácil despertarla. Una cosa es lo que dicta el mercado, lo que funciona porque va rápido, como los poemas de Instagram; pero la realidad es que, cuando yo les hablo de lo que a mí me motiva o cuando les cuento Nanas de la cebolla a los niños de 4.º de Primaria, que es mi poema favorito del universo, siempre hay algo que resuena. Y eso es lo que me parece importante. Por eso hago tanto hincapié en los mediadores, porque creo que es nuestra responsabilidad despertar el debate y el diálogo, porque sigue existiendo una conexión directa entre la juventud y la poesía.
Para terminar, ¿podrías compartir algún libro o poema que te contaran a ti y que te impactase especialmente como lectora?
En mi casa había poquitos libros, así que la poesía que leía era la que había en los libros de texto. Recuerdo, en la adolescencia, la imagen de estar leyendo Rimas y leyendas, de Bécquer, en un momento de desamor y tristeza, y sentirme muy identificada. Como dice el poeta Hugo Mujica: “He visto a muchos poemas salvar muchas vidas, sin que lo supiera ni el poema ni la vida”.
Biografía
Silvia Molero Sanjuán es una joven estudiante de Interpretación Textual en la Escuela Superior de Arte Dramático de Asturias. Ha vivido toda su vida en Gijón, entre libros y música, pasando por clubs de lectura, librerías y toda suerte de lugares interesantes. De pequeña su juguete más preciado era una cuchara de madera que le ayudaba a contar historias. La poesía es para ella su primera lengua, si tiene algo que decir, lo baila.
Edición: Beatriz Sanjuán · Freddy Gonçalves
«Este proyecto ha recibido una ayuda del Ministerio de Cultura y Deporte a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura»



