
Con frecuencia, la literatura actúa como un espejo en el que buscamos la propia imagen. A lo largo de estos meses, mientras el nuevo número de Extravagantes iba tomando forma, he contemplado el tapiz que componían las diferentes autoras con sus palabras, sus experiencias y sus creaciones. Atraída por la mitología desde la niñez, he dado en comparar la labor con el tejido –nada original, por otro lado– y he terminado tomando la voz de Ariadna, una heroína abandonada en la isla de Naxos por Teseo, al que proporcionó la manera de escapar del laberinto del Minotauro, entregándole una madeja que marcase el camino de regreso.
Mi Ariadna está sola. Así la retratan la mayoría de los artistas, a partir de las Heroidas de Ovidio, y así me la figuro, como tantas mujeres de la Antigüedad, en un mundo que imponía realidades opuestas para cada sexo. Ellas permanecían en el entorno doméstico, como una suerte de propiedad que debía gobernarse al tiempo de ser protegida, mientras que los hombres poseían la voluntad y la decisión de salir de casa, para explorar, conquistar y destruir en nombre propio. Soy parcial —y lo sé— en mi juicio, pero así lo aprendí en el canon.
Por fortuna, he crecido buscando otros referentes. El proyecto iniciado con Ellas Viajan me ha permitido rendir un cierto homenaje a esas voces que pueblan un universo expandido, nuevo en numerosos sentidos, donde puedo participar y derribar certezas que me impedían incluso soñar con la igualdad.
Reinvento, pues, a Ariadna. Pongo de mí en su personaje y doy vueltas a la idea, como un hilo simbólico. He sido abandonada en la isla, sufro el desamor, sí, pero también el ansia de contarme y de encontrar en otras compañeras literarias un trasunto de mis miedos o mis ansias. Me comparo con Aracne, tan segura de sí misma y de su talento que consigue vencer a Atenea, una diosa, en una de sus especialidades: el arte de tejer. Pero la excelencia apareja un terrible escarmiento: hilar por los siglos de los siglos, transformada en araña. Me pregunto también por la diosa ofendida, por la hija de Zeus que supuestamente nació de su cabeza, ya adulta; pero dejo el Olimpo en segundo plano, más interesada por las mortales y por las cuitas que los poderosos ponen en sus existencias. Los mitos comparten lazos de familia con los cuentos, pero se justifican a través de divinidades, en lugar de permitir lo heroico en cualquier ser vivo.
Vuelvo a Ariadna y al dolor heredado por medio de los monstruos. Hija de Pasífae, la misma reina que engendró al Minotauro, la pasión tiene que ser un enigma tenebroso para ambas y parece lo único que las une. Mal ha sobrevivido Pasífae a su dramática historia. Cuando su esposo, Minos, incumple la promesa de sacrificar un toro que el propio Poseidón le había regalado como muestra de poder, el castigo recae principalmente en ella, pues el dios del mar le infunde un deseo incontenible de yacer con el animal. Así dará a luz a ese hijo, mitad hombre, mitad toro, que deberá sobrevivir encerrado y, al mismo tiempo, recibir sacrificios humanos para alimentarse. Pasífae permanece como personaje incontinente y vergonzoso, pero sumamente pasivo. No despierta piedad ni simpatía. No puede ofrecer a su hija ningún consejo ni consuelo. Sin embargo, su nombre fósil está clavado en mi memoria. Hurgo en torno a ese clavo oxidado, pienso en madres y abuelas que mendigan un lugar en la historia, siempre a expensas de un varón que les dé sentido a sus movimientos. A menudo, la traición es la única vía de escape. En esa orilla, se encuentra sentada mi heroína. Miradla.
…
Profundamente sola, Ariadna contempla el hilo. En un gesto mecánico, recompone el ovillo, reflexiona.
Cuántas veces ha torcido la fibra entre sus dedos; cuántas ha sentido estirarse el vellón y adelgazar, ganando firmeza en las acciones repetidas. Siempre creyó que se trataba de labores simples, nada más alejado de la gloria. Hasta que se lo entregó a Teseo, para escapar del laberinto. Desde entonces, ha dado en pensar que la madeja ofrecida era ella misma, compuesta con hebras de sus sueños, con palabras torpes que anudaba para que permaneciesen: hoy una sentencia; mañana, otra. Una creación terca, que jamás se desligaba de la raíz, que insistía en su propia continuidad. Se ha dado a luz a sí misma, retorciendo el cordón umbilical de su lengua rebelde.
Dicen que fue amor ese impulso de poner el cabo en movimiento: sujetar un extremo a la temida entrada y hacer de su frágil recuerdo una manera de regresar a salvo. Sin embargo, ella se cuenta a sí misma otras historias. Hoy, desde la isla, desde el pozo donde busca apagar la sed, desde el acantilado donde observa los caminos inciertos del oleaje, el abandono la cerca. ¿Cómo puede hilvanar su destino? ¿Acaso la soberbia fue su perdición, como proclaman sobre Aracne? No es la primera vez que le resultan cercanas sus respectivas tragedias, aunque no podría encontrar soberbia alguna en la tímida entrega que fue la salvación de su amante.
Aracne. Ciertamente, su castigo la convirtió en diosa eterna, pues ¿quién superará las obras de su descendencia? Ahí mismo, junto a sus pies, una araña diminuta se balancea sobre el más delicado de los velos, atrapando los rayos solares y las cuentas de rocío. También la perfección es una condena.
Ariadna repasa las posibles ofensas que ella misma haya podido cometer para encontrarse ahora en esta situación desdichada. Quizás está pagando los enredos de su genealogía o solo repitiendo una trama antigua de mujeres engañadas. Su afán de comprensión se vuelve hacia Atenea. Bien se conoce que nació de un dolor de cabeza de su padre. A menudo se ha preguntado por qué, entre tantas madres forzosas que cargaron con la descendencia de Zeus, no se encontró ninguna con la que materializar ese extraño parto. ¿Quiso triunfar el padre de todos en un remedo de la única batalla que no le está concedida a los varones? ¿O acaso se avergonzaba el señor del Olimpo por haber encontrado a su puerta una hija de origen desconocido? En su fuero interno, Ariadna imagina a la más rebelde de las mortales, renunciando a cualquier participación sobre aquel nacimiento que, como tantas, no había deseado. Ante la mera idea, su respiración se detiene. Todo pensamiento es soberbia.
En un intento de alejar malos augurios, pues ya bastante tiene que lamentar, suelta el hilo malhadado. Las manos buscan, liberadas, la fatigada frente, solo para descubrir el peso de sus cabellos trenzados. También en su persona ha aprendido a gobernar las hebras para atrapar, en este caso, las miradas. Las más perecederas esculturas acompañan cada paso que da sobre este mundo y la encumbran, pregonan su estatus de princesa.
Duda, una vez más, al enunciar. ¿Es princesa todavía? Ya no pertenece a la casa de su padre, a quien ha traicionado, ni por lo visto a la de su amante, por quien ha sido traicionada. ¿Qué es, por cuenta propia? ¿Existe más allá del tejido programado?
Enfoca sus ojos en el manto que la cubre. Trama y urdimbre se entrelazan, salpicadas de pequeñas imperfecciones que, al alejarse, quedan fundidas en su corrección monótona. Son los bordes los que asumen el pequeño riesgo de mantener o no la tensión exacta para el fluir del conjunto. Ella se ha colocado en ese borde y ha interrumpido el ritmo de las pasadas. Y en ese movimiento detenido, todo son interrogantes.
¿Por qué esperar un “él” que la obligara a aventurarse? ¿Por qué no dejarlo marchar después, ocultando su participación insignificante en la hazaña? ¿Por qué entregar su fe a un nuevo amo?
El recuerdo la hiere, acude a su boca como la sangre y el dolor tras caer de bruces sobre la piedra. No hubo dudas cuando el aroma de su cuerpo la alcanzó, cuando la piel declaró unas exigencias que nunca antes había imaginado. Cómo dejar que aquella mirada se apagase para siempre, que aquella urgencia no pudiera cumplirse. Cómo no entregar algo tan sencillo.
Ariadna siente correr las lágrimas desde una oscuridad más profunda que los dominios del Minotauro, una caverna insatisfecha donde los tiempos verbales son sacrificados a un solo dios. Todo fue justificado sin remedio. En sus entrañas, un nido de brasas consume el aire, el alimento, la esperanza. Si pudiera transformar ese gemido ronco en una cuerda con la que estrangular su corazón…
Basta.
Silencio.
Para siempre: silencio.
Tampoco esa plegaria es escuchada. En algún momento vuelve el martilleo del hambre y del frío, de los miembros maltratados. Sin dignidad, se pliega a las señales de la vida. Roe las frutas, escarba los restos comestibles al fondo de la cesta. Aplaca el furor.
Hacer y deshacer el cuento se convierte en obsesión tras el estallido. Fingir que no lo conoció, que no tomó decisiones, que nadie supo las consecuencias, que no renunció a su patria, que no la depositaron en una costa, que no está despierta, que no ha nacido… Si no pudo destruir el impulso de las pasiones, tal vez pueda renunciar al pensamiento. Tejer, como la araña, un patrón que avance de manera automática, adaptándose al terreno, a la inercia. Cazar las horas, los días, mientras vuelan indiferentes a su alrededor. No despertar ni abandonarse a los sueños, aletargarse nada más. Qué mejor manera de protegerse.
…
Mirad a Ariadna, os digo, sobre el borde afilado de la traición. Contempladla como un relámpago de vida que alcanza con su resplandor nuestro presente y se vincula con nosotras. Así es como me la ofrece María Teresa Andruetto.
Echad un vistazo a su gesto indeciso, entre la joven audacia y la parálisis. Sara Madrid nos la retrata suspendida, entre el vuelo y la caída.
Percibid la sucesión de actos minúsculos, encadenados para asegurar la realidad, el futuro, las labores de la vida, finalizadas a tiempo. Humana y ordenada, como la escritura de Mónica Rodríguez.
Ariadna, Ariadna. Una joven cualquiera, un universo oculto entre los rostros que nos acompañan en las aulas. ¿No es así, Pato? ¿Podrías ser tú misma, Sara, en la intimidad de aquella adolescencia que creció en dictadura? ¿Podrías encontrarla, Graciela, entre los escombros y las banderas blancas? Ariadna representa a las universales, tanto como a las no nacidas; está fraguando sus Nanas de amor y desvelo, como una Carmen Conde derramada. Sumisa y rebelde en la misma fracción de segundo, puede transformar la Historia y, simultáneamente, perpetuar sus reglas; puede autoeditarse y editar a otras, sintiendo que lo hace desde la ceguera y la imaginación, levantando realidades posibles, como María Osorio. Ariadna es una gata de Schrödinger encerrada en la caja de nuestra pluma diligente, de nuestras creaciones con voz de mujer, de una realidad en la que estamos y no estamos vivas.
Verónica Murguía se sienta finalmente junto a Ariadna y sus ojos se cubren de lágrimas mientras escucha las mallas de armonía con que Beethoven enlazaba sonidos y silencios. Con toda humildad, celebra las presencias luminosas que han sido, acumula tesoros y barre su nido. Ana Griott se ocupará de aullar a la luna, de convocar a otras lobas que tal vez dibuje Beatriz Martín Vidal.
¿Y qué hago yo con las palabras que se me han concedido? Elijo mi personaje: elijo, siguiendo los hilos, ser Ariadna. Mi apuesta va a lo pequeño, a lo que siento más mío. Y ya me tumbo a leerlas, a todas ellas, para dormir al filo de esta noche.
Para estar, en mi soledad, profundamente acompañada.


Ilustraciones de: Alejandra Fernández • Edición: Beatriz Sanjuán · Freddy Gonçalves
Este proyecto ha recibido una ayuda del Ministerio de Cultura y Deporte a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura



