
Durante mi último año de Bellas Artes, una profesora nos mandó contactar con un artista que considerásemos un referente y hacerle una entrevista. Fue un buen ejercicio para mí: me hizo pensar en qué tipo de profesional me gustaría ser. Conocía la obra de Beatriz, sus ilustraciones cargadas de poesía, hermosas y, a la vez, inquietantes; su gran calidad técnica como pintora y dibujante; su originalidad como escritora al poner ese talento al servicio de propuestas narrativas atrevidas y maravillosas. También descubrí su amabilidad, cercanía y generosidad cuando la conocí. Fui a Valladolid a cumplir con mi deber como estudiante. Pasé el día con ella y, al terminar, supe que había conseguido mucho más que el trabajo académico que había ido a buscar. Hablando con ella, había averiguado el tipo de profesional que quería ser.
Esta es la conversación que me confirmó que quería ser autor e ilustrador. Fue una conversación larga, hace ya seis años, de modo que he hecho una pequeña selección de los temas de los que hablamos. Beatriz me ha confirmado que la conversación sigue retratando con fidelidad su camino profesional y, además, me ha actualizado la última pregunta, que hace referencia a su ocupación actual. Espero que la encontréis tan interesante como yo.
¿Cómo te iniciaste en las artes plásticas?
Creo que la relación con el dibujo empieza, en todos los niños, de una manera bastante natural. Es un método de expresión en la infancia muy inmediato.
Cuando eres un niño pequeño, juzgas menos tus dibujos. Muchos adultos que no se dedican a esto se niegan a dibujar porque les da vergüenza; hay una especie de culpabilidad: “Es que dibujo como un niño pequeño”. Y esa vergüenza empieza en torno a los 12 o 13 años: empiezas a querer dibujar cosas más realistas, y es cuando la mayoría deja de hacerlo por la frustración que supone intentar avanzar. Los niños que siguen insistiendo, al final, son los que acaban dibujando, no los que tienen más talento.
¿Qué te llevó a matricularte en Bellas Artes?
Fue más una experiencia negativa que positiva. Alguien me había sugerido la idea porque yo seguía dibujando. A mí ni se me había pasado por la cabeza. Pero mis padres me dijeron que no, que estudiar Bellas Artes implicaba mudarme a Salamanca, y eso era una inversión muy cara para una familia media; sin becas, además, ni nada por el estilo. En mi ciudad, Valladolid, no hay Bellas Artes. Entonces, un poco por defecto y porque no había ninguna otra cosa que yo quisiera hacer, me matriculé en Derecho. Allí estuve más tiempo del que quiero reconocer. Yo era una chica muy familiar, que sacaba buenas notas. Había estado muy protegida. Nunca se me había ocurrido elegir un trabajo que no fuera estable o tirar por alguna ruta más insegura, como las artes.
Pero, después de unos cuantos años en Derecho y de ver lo que era dedicarme a algo que no me gustaba, pensé: “Incluso si acabo esta carrera, voy a tener que trabajar en algo que no me interesa, no me motiva y no me hace crecer de ninguna manera. Estoy haciendo algo que no se corresponde en absoluto con lo que yo soy”. Esto me provocó un bajón y una alienación que, posteriormente, han sido para mí una gran motivación para hacer cosas. O sea, cada vez que he tenido que estar en alguna encrucijada —¿me atrevo a ir a Madrid a enseñar mi carpeta?, ¿me atrevo a viajar por primera vez sola para ir a Bolonia?—, pienso: “Si no haces esto, acabarás haciendo algo que no te gusta”.
Así que diría que esos años en Derecho fueron la principal motivación para hacer Bellas Artes. Mi familia recibió una pequeña herencia cuando murió mi abuelo y me dijo: “Tenemos suficiente dinero para mandarte a Salamanca”. Lo hicieron porque percibieron cómo estaba yo en Derecho. Y, gracias a eso, acabé encontrando mi camino vital y profesional.

¿Qué opinas de las enseñanzas artísticas en la programación de Infantil, Primaria y ESO?
Realmente, es una pregunta muy, muy difícil. El arte siempre crea mucho conflicto, en el sentido de que es una asignatura, en principio, innecesaria. Creo que la gente que estructura los planes de estudio busca cubrir necesidades de la sociedad: se necesitan ingenieros, arquitectos, médicos, abogados… Y lo que ocurre con las humanidades es que resulta muy difícil explicar qué aportan. ¿Qué te aporta el arte? Disfrutar de una película, de una sinfonía.
Este utilitarismo está permeando mucho. En mi campo, el del álbum ilustrado, hay una ansiedad por saber qué se le está enseñando concretamente al niño. ¿Va a aprender a reciclar? ¿A acostarse antes? La moraleja, bajo el término “valores”, aparece ya anunciada en la contraportada.
¿Sabes qué te enseña el Quijote? Nada. No te enseña a ser mejor persona ni te da ningún conocimiento práctico. El arte es, por definición, inútil. Yo no te puedo justificar en un plan de estudios por qué es mejor que tu niño disfrute de la Novena sinfonía de Beethoven, pero todos sabemos que es mejor. Hay algo que notas que crece en tu interior. Sientes la experiencia estética: un momento de comunión, de agradecimiento, de amplitud… Te sientes más grande. Ahora tu interior abarca esa obra. En el momento en que puedes disfrutar de una obra, es como si la hicieras tuya, forma parte de tu universo.
Yo, cuando hago talleres con gente que quiere hacer álbumes, les digo: no tenéis que plantearos ni qué queréis enseñar ni qué valor queréis transmitir, porque no sois ni catequistas ni profesores. Haced algo que os interese, aunque sea totalmente aleatorio. Si os interesa la historia de una tortuga que tiene que escalar una montaña, pues tirad por ahí y a ver qué le pasa. Dejad que esos engranajes se formen solos. Al fin y al cabo, en eso consiste la creación artística, no tengo una respuesta, tengo una pregunta. Si ya sabes adónde vas a llegar, toda la historia se bloquea. He conocido a gente con unos bloqueos horrorosos porque sabía lo que quería contar y no conseguía que sus personajes llegaran ahí. Por eso, puede ser algo un poco irritante desde el punto de vista de un consumidor, porque a mí las cosas con moralina me resultan muy estomagantes, pero, para un creador, es muy destructivo.
Si tú te metes en internet y miras las instrucciones para hacer un álbum ilustrado, te van a decir que empieces por elegir el valor que quieres transmitir. Esto ocurre especialmente porque se entiende, no sé por qué, que es una literatura exclusivamente infantil. Si empiezas por ahí, te vas a dar contra un muro.
Todas las obras memorables que han perdurado en el tiempo son ambiguas; pueden ser contradictorias, porque el autor no te está contando lo que tú tienes que pensar. Te está contando sus inquietudes, y tú sacas las conclusiones que te dé la gana. ¿Por qué te tengo que decir cómo te tienes que sentir?
Entiendo que a los niños hay que socializarlos, pero no sé si un instrumento artístico, como un libro o una pintura, debería usarse para eso. Claro que el niño tiene que ser tolerante y aprender a no pegar al de al lado, pero ¿hay que contarle esto a través de hormiguitas disfrazadas? Al final, lo que estás haciendo es soltar un sermón, pero con dibujos.
¿Cómo funciona la parte económica de tu profesión? De los trabajos que sueles hacer, ¿cuáles te gustan más? ¿Cuáles te proporcionan ingresos más estables?
Bueno, la estabilidad y la ilustración realmente no son cosas que suelan ir de la mano. A mí lo que más me gusta es hacer mis propios álbumes; en los últimos años he ido derivando hacia ahí. Ahora bien, también puedes disfrutar muchísimo de hacer un encargo.
En cuanto al álbum, sí hay gente en España que se está ganando bien la vida, que está publicando mucho y con tiradas muy grandes. Pero, tradicionalmente, las ediciones suelen ser bastante cortas, entre 1.500 y 2.000 ejemplares. Los editores siempre se quejan de que hay demasiados títulos. Se prefiere publicar muchos títulos diferentes antes que hacer tiradas largas de cada uno. En las librerías hay una rotación tremenda, porque reciben un montón de novedades. A no ser que un título haya ido muy bien, los editores prefieren no reeditar y, simplemente, hacer otro título.
El porcentaje estándar que se lleva el autor es el 10%. Si compartes autoría, te vas al 5%. Entonces, hay que buscar maneras de rentabilizar el esfuerzo que haces.
En cuanto a ingresos estables, o más o menos estables, Anaya me hace encargos de vez en cuando. La colaboración con el periódico El Norte de Castilla también era regular, pero ahora estoy bastante más centrada en hacer mis álbumes que en hacer encargos. Hay cosas que pueden ser regulares, como el libro de texto. Como a las editoriales no les gusta repetir los libros, para que no pasen de una generación a otra, hay mucha demanda de ilustración de libro de texto. Si eres eficaz y rápido, puedes vivir de eso con bastante regularidad.

¿Qué puedes hacer como autora para sacarle el máximo partido a tus obras?
Controlar tus derechos. Hay gente que lleva muchísimo tiempo publicando y todavía no controla este factor. Cuando tú haces un álbum, siempre que seas autora del texto y de la imagen, tienes todos los derechos que atañen a su propiedad intelectual. Cuando se lo enseñas a un editor, tienes la opción de venderle los derechos para un idioma, no para todo el universo. Los derechos universales implican que, cuando ese editor te paga, está adquiriendo los derechos para publicar esa obra en todo el mundo y en todos los idiomas. Normalmente, la diferencia de remuneración entre eso y publicarla en un solo idioma es mínima, si es que la hay. Es decir, normalmente los editores van a intentar ir a máximos, aunque esto depende del grado de honradez. Ahora mismo da igual en qué lugar del mundo estés. Mi primer libro lo publiqué con una editorial de Australia; no me pude ir más lejos. Entonces, si tú vendes los derechos del libro por idiomas, tienes el control y recibes el 10% en cada idioma. Es una manera, con todo el trabajo que te lleva hacer una obra, de intentar amortizarlo. Eso, y el hecho de poder acceder prácticamente a cualquier mercado desde tu casa, donde sea que estés, son las cosas que están abriendo un poco la posibilidad de vivir de esto.
¿En qué estás trabajando ahora?
Los últimos títulos que he publicado son El jardín, en 2022; El miedo de Irene, en 2026, y En la escuela, también este año, aunque se publicó en Dinamarca en 2024. Ahora mismo estoy terminando un nuevo libro titulado Caída libre, en el que me estoy atreviendo a jugar un poco más con las posibilidades que ofrece el formato del álbum ilustrado.


Ilustraciones de: Alejandra Fernández •Edición: Beatriz Sanjuán · Freddy Gonçalves
«Este proyecto ha recibido una ayuda del Ministerio de Cultura y Deporte a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura»



