
Coincidí con Pato Pereyra en algún curso de mediación en el que daba clases. Ella desde Argentina, su tierra de origen, yo radicado ya en España, mi lugar prestado. Recuerdo que admiraba mucho esa tenacidad analítica con la que observaba la relación que las infancias y juventudes establecían con la lectura. No lo hacía como una lectora al uso, sino como una científica que decidió entender a la mediación lectora como una herramienta para acercarse a su alumnado. Ella aprendió a mirar el mundo cruzando lenguajes y entendiéndose como un espécimen particular en cada uno de los lugares en los que la enuncian. Son varias las categorías profesionales por las que transita, lo que la ha permitido construir una trayectoria donde leer no aparece solo como una práctica cultural, sino como una forma de observar, preguntar y estar con otros. Su blog, Leyendo el mundo, ya anuncia algo de esa búsqueda: pensar la lectura como un territorio amplio, capaz de reunir infancia, adolescencia, poesía, conocimiento y comunidad.
En esta conversación hablamos con ella sobre el tiempo de creación, un tiempo que no siempre se ve, que a veces parece improductivo, pero donde se forman las preguntas, las imágenes y las experiencias que luego sostienen una práctica.
Quiero empezar con un detalle curioso de tu biografía. Eres conocida como bióloga, docente de instituto y universidad, bloguera y mediadora, pero además sumas otras identidades: madre, lectora, aprendiz. Reúnes varios adjetivos llenos de posibilidades. ¿En qué momento sentiste que todas esas identidades no competían entre sí, sino que podían aportar a una misma forma de crear?
Me costó mucho llegar a hacer ese clic, porque vengo de una formación científica muy estructurada. Al menos en el momento en que hice la carrera; quizás ahora cambió mucho. Allí te preparan para un recorrido muy estricto, que requiere muchos pasos: vos te formás y tenés que trabajar de eso para lo que te formaste. Pero vivo en un país donde la ciencia no es una prioridad, y pasé por muchas crisis con respecto a eso. Para mí fue un duelo tener que abandonar la ciencia, porque es algo que me fascina.
Cuando empecé a trabajar en esto, yo no era mediadora ni narradora. Tuve que ir cambiando mi cabeza. Por eso, en mi recorrido, suelo empezar diciendo que soy bióloga, porque cuando lo sostengo y lo uno a mi especialización en literatura infantil y juvenil, me parece que habilito una posibilidad que no está dentro de las cabezas «normales». Siempre me lo preguntan y se me quedan mirando.
Acá en Argentina, el concepto de mediador de lectura no es muy conocido. No se conoce ni la promoción lectora, ni la mediación lectora, ni la gestión cultural, al menos en el ámbito escolar. Si uno lo dice, no lo reconocen siquiera. Entonces, a mí me pareció muy valioso poder juntar esas dos cosas.
Soy bióloga, pero me dedico a la literatura infantil y juvenil y a la mediación. Estoy cruzando dos aguas diferentes, caminando por el margen de la carretera para unir dos caminos. Cuando lo digo, siento que también habilito a otras personas a no ser únicamente aquello para lo que se formaron, sino aquello que construyeron.
No fue fácil decirlo. Durante un tiempo me daba vergüenza, sobre todo en el ámbito de mis compañeros universitarios, de la ciencia o de quienes me conocían en la universidad. Parecía que había categorías: como si una estuviera en algo menor, trabajando en la escuela. «¿Qué estás haciendo?», me preguntaban.
Pero en algún momento entendí que, al mezclar arte y ciencia, también les permitía a otras personas mezclar arte y ciencia. En este recorrido he encontrado a varias que saltaron esa valla divisoria, ensancharon su camino o caminan por los márgenes. Entonces nos vamos reconociendo.
Creo que eso empezó a suceder cuando fui haciendo mi propio recorrido, cuando la gente empezó a conocerme y a decir: «Ah, vos sos la bióloga que trabaja con libros». Como si ese camino de sembrar miguitas, de pronto, diera cuenta de una trayectoria.
Un momento iluminador fue cuando vos estuviste en el laboratorio de Emilia, en ese seminario con un grupo de jóvenes. Una de las chicas estudiaba una carrera de ciencias y se dedicaba también a la literatura. Me acuerdo mucho de ese recorrido, porque considero que cualquiera puede ser mediador de lectura y que leer es un derecho. Entonces todos tenemos que tratar de garantizar ese derecho. Pienso que cuanto más democratizo mis saberes, más posibilidades hay de que otra persona se motive a intentarlo en su entorno. A veces el tema no son los recursos, porque acá no tenemos recursos. El tema son las ideas. Yo creo que los recursos siempre llegan; lo importante es generar ideas y voluntades. Cuando empecé, lo hice así: «Mirá, nosotros hicimos esto. Vos también lo podés hacer o podés intentarlo».
Inspirada en la observación científica, tu blog recoge registros de los procesos por los que pasan tus proyectos de mediación. Y es muy difícil hablar de determinadas experiencias sin exponer al otro. Para mí siempre ha sido un problema: llevo registros personales, pero me da pudor compartirlos. No digo que tú expongas a los jóvenes; al contrario, creo que has sabido matizar esos procesos. ¿Cómo piensas ese equilibrio entre registrar, compartir y cuidar?
Al principio quizás contaba más. Después fui volviéndome más cuidadosa con la información y con los datos. Si hablo de mis adolescentes, les pregunto. Ellos saben que tengo un Instagram y un blog. No todos, pero algunos sí. Entonces, a veces les pregunto: «¿Puedo contar esto?».
Tengo alumnas que me siguen en Instagram. Trato de que no sea mientras son mis alumnas, porque tienen apenas 14 años. Pero después me van siguiendo. El otro día, una alumna que ya no lo es me dijo: «Pato, vos no hablás de nosotros en tu Instagram. Tenés que hablar». Trato de pedir permiso. Ahora voy a presentar en Jitanjáfora, en Mar del Plata, un trabajo que hice en el aula. Vamos a hablar de una experiencia muy linda que surgió allí y que vengo haciendo hace años. Se llama El libro de mi vida. En ella, los chicos cuentan parte de su vida desde un punto de vista biológico, porque lo usé para la materia de biología, pero también literario, artístico y creativo.
Hicimos un concurso, hubo premios y una curaduría externa. Les pedí a las chicas que ganaron si me permitían hablar de eso y si me prestaban sus libros de vida para mostrarlos. No digo que lo tenga perfectamente manejado, porque a veces me dejo llevar por el entusiasmo, pero trato de cuidarlo.
Has pasado por un proceso de formación muy autodidacta alrededor de la mediación. Cuando decides saltar esa barrera de la ciencia, también aparece una idea con la que estoy muy de acuerdo: cualquier persona puede ser mediadora. Sin embargo, creo que debe existir un proceso de formación para esa mediación. ¿Cómo te sientes hoy respecto a la formación y la profesionalización del mediador?
Y, unido a eso, me interesa tu árbol genealógico de la mediación. En ese proceso de autodidactismo, citas a muchas autoras argentinas y latinoamericanas valiosas. ¿Quiénes han formado a Pato?
Aunque me formé de manera autodidacta, siento que tengo una formación bastante profesional, porque intenté aprender todo el tiempo. Eso es algo que asumí en la carrera: aprender a aprender. Las ciencias exactas te enseñan eso, porque tenés que actualizarte constantemente. La ciencia no es siempre la misma.
Me formé muchísimo y siempre ejercí ese aprendizaje. Por eso te conozco, por eso conozco a mucha gente de España y de Latinoamérica. Nunca me quedé quieta en un espacio; siempre fui moviéndome y ampliando mi territorio. Cuantas más experiencias, mejor: experiencias de aprendizaje y experiencias en territorio de mediación.
Yo empecé la mediación con una especialización en lectura, escritura y educación de FLACSO, acá en Argentina. Era una formación de dos años. Yo ya venía con la intriga por la lectura, que me interesaba muchísimo. Allí una de las primeras ramas de mi árbol genealógico fue Michèle Petit.
Leí a Michèle Petit y dije: «Ah, esto existe. Hay alguien que se dedica a esto. Yo quiero esto. Esto realmente me interesa». A partir de ahí, fue una de mis guías. Por eso mi blog se llama Leyendo el mundo y mi Instagram, Pato leyendo el mundo.
En mi árbol genealógico siempre intenté formarme con personas que fueran especialistas en el tema, y tuve muchísima suerte. Me recibieron siendo yo una persona curiosa que venía de otro palo. Cuando quise trabajar con bebés, fui a hablar con Yolanda Reyes y Yolanda me dijo: «Vení a Espantapájaros». Allí hice una formación.
Después tuve la suerte, en Argentina, de formarme en ilustración y libro álbum con Mónica Weiss, que me guió. También María Emilia López siempre me abrió las puertas. María Teresa Andruetto fue una de las primeras personas a las que recurrí cuando quise dedicarme a la mediación desde el blog, y ella siempre me acompañó.
En España conocí a Mar Benegas en un curso, y también me abrió sus puertas. Pude viajar al Jaleo y conocer a otras personas. También reconozco que, cuando empecé a trabajar con adolescentes, te busqué, leí todo lo que hacías, y ese curso que hice de club de lecturas buscaba esa habilitación. Reconozco que necesito que me habiliten para después activarme.
También Sergio Andricaín me dio muchas pistas. Son personas que reúnen saberes y generosidad. Yo intento replicar eso. Siento que, en cada una de las áreas en las que quise formarme, alguien me tomó de la mano y me enseñó el camino. Y ese alguien, en general, fue una persona que me recibió con amorosidad y hospitalidad, que no se impuso y respetó mi propio proceso profesional.
Por eso la formación es algo en lo que insisto mucho en mis cursos, talleres y en el blog. Comparto material porque creo que hay que formarse. Y, por otro lado, también hay que profesionalizar. Si no, quedamos sujetos a las voluntades.
En mi experiencia, el voluntariado funciona hasta cierto punto. Muchos de los proyectos que traje fueron voluntarios y, en algún momento, caen o las personas se dedican a otra cosa. Más en países como el nuestro, donde nada sobra; o, en realidad, donde todo falta.
Creo que hay que profesionalizarse como mediador. Justamente el otro día hablaba de esto con Fanuel Hanán Díaz, en una conversación sobre los conflictos, las dificultades y las preguntas que nos hacemos quienes mediamos. Para mí, la profesionalización es lo primero.
Porque si vos no tenés tiempo para dedicarle a la profesión, y más hoy que el tiempo vale mucho, no lo podés hacer. Los recursos pueden llegar: alguien dona, alguien ayuda, alguien colabora. Pero si no hay tiempo para pensar, sostener y cuidar los procesos, todo queda en manos de la voluntad.
En Latinoamérica no está profesionalizado, salvo en algunos espacios. Sé que en Colombia hay experiencias, y que en Chile hay bastante apoyo del Estado, pero no es una profesionalización asumida como necesaria. Para mí es indispensable.
Primero gracias, y no es falsa modestia, por incluirme en esa lista en la que estoy rodeado de gente que también es fundacional para mi formación. Sin embargo, quería insistir en lo voluntario. Pues eso me lleva irremediablemente a preguntarte por tu relación con los fanzines. Hay mucho de voluntad en su creación. Sé que te gusta, en algún momento te leí decir algo así como que el fanzine era una creación en la palma de la mano, y esa imagen se me quedó. ¿Qué tiene el fanzine como formato que puede incomodar, activar o liberar ideas en la escuela o en la universidad?
El fanzine tiene algo muy poderoso porque es accesible y porque permite producir con lo que hay. No exige solemnidad. Se puede hacer con una hoja, con una fotocopia, con una imagen, con una frase. Eso, en la escuela, es muy importante, porque muchas veces parece que para crear necesitamos grandes recursos o grandes permisos.
A mí me interesa mucho esa posibilidad de hacer circular una idea de forma pequeña, artesanal, casi inmediata. El fanzine permite que alguien diga algo, lo arme, lo pliegue, lo comparta. Tiene una dimensión muy concreta: pasa de mano en mano. Por eso me gusta pensarlo como algo que cabe en la palma de la mano, pero que puede abrir una conversación enorme.
En el aula, además, permite cruzar lenguajes. Puede haber texto, imagen, collage, humor, ciencia, memoria, poesía. Puede ser individual o colectivo. Y también incomoda porque no siempre responde a los formatos escolares tradicionales. No tiene que parecer un «trabajo práctico» prolijo para tener potencia. A veces, justamente, su potencia está en esa mezcla, en esa libertad y en esa forma de tomar la palabra.
Antes mencionabas El libro de mi vida, ese proyecto donde cruzas biología, literatura y creación. ¿Cómo funciona esa experiencia en el aula?
Lo empecé hace varios años porque enseñar determinados conceptos de genética puede ser muy difícil. Explicar el fenotipo, por ejemplo, que es algo abstracto, y diferenciarlo del genotipo, no siempre resulta sencillo.
Entonces les pido que tomen una foto de cuando eran muy pequeños, que la describan y que después digan cuánto han cambiado. Eso es el fenotipo: lo que cambia. Cuando hacen ese ejercicio, ya no me resulta tan difícil iniciarlos en esa palabra. Veo que mejora su aprendizaje.
También hay algo que quizás sea obvio: yo tengo que explicar por qué hago cada cosa. Tengo que justificarme.
¿Justificarte contigo o con el resto?
Con el resto; con la escuela, con el entorno. Tengo que justificar lo que estoy haciendo. Me han pasado situaciones muy violentas. «¿Qué es esa profe que lleva libros?». Incluso en el colegio algunos se confunden y piensan que soy de literatura. Algunos alumnos me dicen: «Vos tendrías que ser la profe de literatura». Y yo les respondo: «No, soy la profe de biología».
Entonces tengo que justificarme. Por eso hay un marco. Me gusta mucho trabajar cruzando las dos cosas. También hago un proyecto de fotos que me parece muy hermoso, Mirar el mundo. Me permite descubrir esas miradas, esa sensibilidad artística que es tan necesaria.
Lo conozco. Mirar el mundo es el proyecto en el que invitas a fotografiar seres vivos para aprender a observarlos de otra manera. A partir de ahí, quería preguntarte: ¿crees que los procesos de creación empiezan incluso antes de escribir o de leer? ¿Hay, primero, una educación de la mirada?
Para mí la primera educación es mirar. Detenerse y observar. Para ser artista o científica tengo que detenerme y mirar, y eso a veces nos cuesta.
Sacar fotos o mirar imágenes también es leer, de alguna manera. A eso me refiero con leer el mundo. Por eso tomé ese nombre para el blog. Para mí fue un descubrimiento. El primer libro que encontré de Michèle Petit no fue Leer el mundo, sino uno sobre adolescentes, lo público y lo privado. Pero cuando llegó Leer el mundo encontré esa idea: uno lee al otro, lee a la otra persona, lee lo que hace, lee su cultura.
Para mí leer es un poco eso. Yo digo que leo a mis alumnos cuando entran al aula. Entro y, por su postura, por su mirada, por lo que están haciendo, identifico enseguida qué tengo que ofrecerles.
En mi caso, todo viene relacionado. Empecé leyendo imágenes; después empecé a leer palabras y más tarde a escribirlas. No fue todo al mismo tiempo.

¿Ha cambiado tu manera de entender esa frase, leer el mundo? Si miras hacia atrás, hacia ese momento en que sentiste que esa idea recogía algo de lo que eras o de lo que querías transmitir, ¿la piensas igual ahora? ¿O el tiempo, el país y las condiciones de trabajo han modificado ese sentido?
Cuando hablo de leer, y cuando estoy implicada en un proyecto de mediación, trato de pensar la lectura de forma amplia. No solo como lectura académica. En el ámbito educativo, muchas veces la lectura se reduce a la lectura de los grafismos y a ese aprendizaje formal. Yo creo que, para abrir posibilidades, hay que decir que leemos de distintas maneras. Leer no es necesariamente leer letras impresas en una página.
Eso es lo que hago en la mediación: abrir en vez de cerrar.
Hace muchos años llegué a una escuela con libros para trabajar en la biblioteca. Me recibió una nena gritando: «No me gusta leer». Lo decía como preguntándome qué hacía ahí. Tenía unos siete años. Cuando me acerqué, entendí que en realidad quería decir: «No sé leer. Me cuesta leer».
Si yo no amplío la mirada, alejo a un montón de personas: niños, niñas, adolescentes y adultos. Al principio, cuando trabajaba en la universidad con personas adultas, algunas de 60 años o más, también escuchaba a mediadores decir: «Si no aprendió a leer en la escuela, ya está. No le va a gustar leer». Yo niego eso absolutamente.
Trabajo con adultos, con ancianos, con poblaciones vulnerables. Si alguien te dice «me cuesta esto», podés acercarle un libro ilustrado, un cómic, un corto. A esa niña que me decía que no le gustaba leer le mostré un libro de Virginia Piñón y María Cristina Ramos que tenía un sapo en la tapa, y le encantó. Lo agarró y lo primero que hizo fue intentar leerlo sin que yo le dijera nada. Iba empujando las palabras con su dedito, porque le costaba. Iba deletreando, y ya estaba en tercer grado. Yo no le dije que tenía que leer. Le dije: «Mirá, te traje esto, ¿te gusta?».
Sigo pensando que leer el mundo es leer distintas posibilidades. Cuando les hago sacar una foto, también están leyendo una situación, un momento. Si eso después nos lleva a escribir algo o a conectar con otra lectura, mejor. Pero primero es una puerta de entrada.
El final de esa historia es que dos años después me encontré a esa chica en el Picnic de Palabras que hacía en la plaza. Me recibió gritando «hola, hola», porque me conocía de la escuela. Yo le había perdido el rastro. Ella empezó a ayudarme, agarró una tiza y escribió en los senderos de la plaza: «Vengan a leer. Leer es importante». Iba invitando a otros chicos a acercarse a la lectura. Para mí va por ahí.
Quería preguntarte por una frase que escribiste sobre tu paso por Espantapájaros. Decías que tuviste que abandonar tu altura para arrodillarte y estar al lado de los niños. En tu caso es muy interesante, porque trabajas con escuela, universidad, ferias y públicos muy distintos. ¿Qué transformación corporal exige la mediación? ¿Crear con otros implica, literalmente, cambiar la postura?
La flexibilidad es una condición. Tenés que ser flexible y aprender de lo que el otro te ofrece. Estar disponible para esa generosidad del otro, para lo que muestra de sus necesidades.
Con adolescentes me parece importante estar a su altura y estar disponible. También insisto mucho en el compromiso. Todo el tiempo les recuerdo que yo me estoy comprometiendo, que estoy poniendo todo de mi parte, que intento escucharlos. Les pido que me cuenten por dónde van. Y entonces obtengo algo parecido del otro lado.
No genero compromiso siendo una persona descuidada, sino siendo una persona comprometida. Ayer unas chicas me decían: «Vos nos mimás en el club de lectura». Sí, porque me parece importante que, si vinieron hasta acá, reciban algo. Eso vale tanto para mi labor docente como para mi labor de mediadora: dar para recibir. Es un toma y daca. Yo voy, recibo, y así vamos estableciendo un vínculo.
Con los adolescentes los vínculos son muy importantes. Los necesitan. Muchas veces están muy en solitario; las figuras adultas no los escuchan o no están disponibles. Por eso creo que la presencia es clave.
Otra cosa que me funciona muy bien es el juego: divertirme con ellos, cambiar la perspectiva, pensar actividades donde lo lúdico esté presente. Y después, dejarse enseñar. Yo no sé de manga, no sé de anime, no sé de música. Entonces les digo: «Muéstrenme qué tendría que escuchar, qué tendría que saber». Escucho eso y después intento incorporarlo. Dejo que ellos sean quienes me enseñen.
En todo lo que cuentas aparece también la perseverancia. Crear, sostener un proyecto, insistir en una forma de mediación, implica volver una y otra vez.
La perseverancia es todo. Si no fuera perseverante, no existiría este recorrido. En este país y en este contexto no hay posibilidad si no sos perseverante, porque las cosas no funcionan a la primera. Tenés que intentar muchas veces y cambiar mucho sobre la marcha.
La perseverancia es absolutamente necesaria. Creo que eso es lo que me hizo seguir: ser perseverante. Tuve muchos fracasos, muchas puertas cerradas y muchos dolores en el camino.
Has escrito también sobre memoria, dictadura e identidad. ¿Cómo se crea una clase cuando el contenido es doloroso? ¿Has tenido que hablar de estos temas con tus estudiantes?
Hablo todo el tiempo con ellos. No sé si vos sabés, pero mi papá estuvo detenido durante la dictadura. Después se exilió a Roma y luego a Milán. Se suicidó en el extranjero. Yo nunca lo volví a ver. Me enteré de que se había suicidado cuando tenía unos 25 años.
Nunca supe qué le pasó ni por qué estuvo detenido. En ese momento yo era chica y la forma de resguardo era no contar nada. Yo no sabía nada porque no tenía que contar nada. La mamá que me crió nunca me explicó nada. Todo era oculto.
La relación con mi padre, que se fue cuando yo tenía más o menos cinco años, existe solo a través de las cartas. Lo único que tengo de él son unas cartas que me escribía. No lo conocí más que a través de esa escritura, que era muy amorosa y muy lúdica para una niña que recibía cartas y no entendía nada.
No tengo recuerdos, no tengo historias. Tengo una pérdida. Me costó mucho decir esto, porque durante mucho tiempo lo tuve que ocultar y se me hizo costumbre. No fue hasta que empecé con la mediación que empecé a darme cuenta. Muchas personas que me conocen de la infancia o de la adolescencia no sabían que tenía un padre. La mediación también me permitió redescubrirme.
Por eso hablo de estos temas. Quiero hablar de temas duros, porque a mí nunca me dijeron de la muerte de mi padre. Me lo contaron varios años después. Nunca me dijeron que se había suicidado; me enteré de casualidad. La dictadura, la muerte y todo lo que ocurre alrededor de eso me interesa hablarlo.
Acá, el 24 de marzo es el Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia. Ese día llevo literatura al aula y hablo desde una mirada más personal. Les llevo las cartas de mi papá, se las muestro, leo con ellos. A veces leemos El mar y la serpiente, La composición, Mañana viene mi tío, o hablamos de Niños, de María José Ferrada.
En nuestro país, y más en este contexto, aparece mucho la idea de que eso no ocurrió, o que «algo habrán hecho». Los chicos que tengo, de 14 años, están muy alejados de esa historia. Si los adultos no se la contamos, no la viven en presente. No saben qué fue la dictadura ni qué significaba vivir en ese momento.
Eso me abre dos posibilidades: primero, la conversación, que es lo que intento establecer siempre en las aulas y en los espacios. Segundo, traer al presente algo que quedó en el pasado, desde una experiencia personal y desde la literatura. La literatura da otra cosa.
Este año leí Mañana viene mi tío porque ellos ya estaban leyendo El mar y la serpiente con los profes de literatura. Cuando terminé, se hizo un silencio. Algunos aplaudieron y otros empezaron a hablar. Yo no tuve que hacer casi nada.
Cuando cuento mi historia, también me abro como mediadora y como docente. A algunas personas quizá no les parezca, pero a mí me parece importante, porque habilita la sensibilidad. Todos tenemos sufrimientos y posibilidades de ser sensibles. Si yo me abro, también habilito que ellos hablen desde su sensibilidad.
En ese contexto planteo las cosas desde la literatura, porque la literatura habla desde la sensibilidad. Si entrara desde un texto informativo, desde los números o desde los datos, estaría entrando por otro lado. Yo quiero entrar desde lo sensible y que la memoria sea un espacio vivo.
También quiero dejarles claro que las víctimas de la dictadura siguen estando. Toda esa historia que perdí y que no puedo recuperar todavía me duele. Yo tenía cinco años y no era mi culpa que mi padre tuviera que irse y nunca más volver. Ese sufrimiento de criarme en una casa sin familia, con ocultamientos, dolor y silencio, también es una consecuencia de la dictadura. Cuando alguien dice «algo habrán hecho», yo pienso: yo no había hecho nada.
Me pasa que me emociono y lloro en el aula. Es normal. También normalizo eso. Me emociono muchas veces al hablar con mis estudiantes, con adolescentes o con niños. Me emociono muy fácil con algo que me dicen o hacen. Creo que mostrar la emoción es algo que no suele hacerse, como si estuviera mal. A mí también me costó asumir que no está mal. Es parte de una.
Gracias por compartir este relato tan íntimo. Creo que abrirse también es una decisión propia. Entiendo cuando un mediador es cauto con sus emociones frente al otro, pero me siento más cerca de tu forma de estar. Ellos también se están abriendo ante ti. Abrirse puede ser una forma de retribuir ese espacio de confianza; no solo de construir en colectivo o de darle dignidad a la memoria histórica, sino también de construir sentido comunitario.
A esta altura no me da miedo exponerme. Me expongo porque en el blog también cuento esto, porque se lo cuento a mis estudiantes y porque considero que es importante. Lo hemos callado tanto y veo tanto silencio que por eso lo cuento.
Quizás el límite no sea el tiempo real, sino el tiempo que una le dedica. Pero te agradezco esto. Es un placer para mí esta charla y tener tu trabajo como guía. Cuando voy al club de los martes, me acuerdo de algunas cosas que vos me decías en clases y, a su vez, voy sumando otras.
Yo te hablaba de Para encontrar el tigre, de Gustavo Roldán, porque es un texto que habla de cómo llegan los chicos a la lectura. Me gustaba esa idea del tigre y también la del yaguareté: pensar el club como un lugar donde cada quien puede encontrarse con la lectura a su modo, en su propio espacio-tiempo. Acompañar también es eso: no llevar a nadie de la mano hasta donde una quiere, sino preparar las condiciones para que algo aparezca. Y una, en ese recorrido, también aprende a mirar de nuevo.


Ilustraciones de: Alejandra Fernández • Edición: Beatriz Sanjuán · Freddy Gonçalves
«Este proyecto ha recibido una ayuda del Ministerio de Cultura y Deporte a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura»

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