
Este no era el texto que escribimos cuando nos planteamos relatar el capítulo más doloroso de la vida de la escritora Carmen Conde (Cartagena, 1907-Majadahonda, 1996): el fallecimiento de su hija María del Mar durante el parto el 11 de octubre de 1933. En un primer momento, habíamos reunido las pocas declaraciones de la poeta sobre este suceso, algunas anotaciones de sus agendas y, sobre todo, habíamos consultado su inmenso legado epistolar, para comprobar que no hay prácticamente referencias a este episodio. Toda esta documentación, gracias al esmero con el que Conde guardó todo, se conserva en el Patronato Carmen Conde-Antonio Oliver de Cartagena. En este también pudimos estudiar el manuscrito del libro que surgió de esta experiencia traumática, Derramen su sangre las sombras, el cual permaneció inédito desde ese fatídico año de 1933 hasta su publicación en 1983. Durante esos cincuenta años de espera, en cambio, el manuscrito se llamó Sangre y alma perdidas.
No obstante, los editores de la revista nos pidieron abandonar nuestro perfil más científico, precisamente, para abordar esta experiencia desde nuestro propio corazón. Nos estaban pidiendo lo más complicado: sentir el dolor desde nosotros y contarlo. Mientras tanto, habíamos comenzado la lectura del libro Papel de arroz de la escritora Bernardita Maldonado, cuyo prólogo de Cristina Burneo Salazar comienza así: «Quien no llegó a existir puede tener biografía». A partir de esta afirmación, comenzamos a preguntarnos si Conde, en su dolor de décadas, fue construyendo la biografía que no pudo ser para María del Mar.
El primer elemento de esta construcción biográfica es, sin duda, el silencio. Al consultar la documentación conservada en el legado de Carmen Conde resulta llamativa la ausencia de menciones a la figura de María del Mar y al trance de su nacimiento. La correspondencia dirigida a Carmen Conde se detiene el 9 de octubre de ese 1933, dos días antes del alumbramiento, y se reanuda cuatro días más tarde, el día 15. La poeta, perito químico y, sobre todo, su amiga María Cegarra Salcedo le escribe en una tarjeta de visita que todos los días saben de ella y que desea que pronto se ponga bien[1]. Días más tarde, en otra tarjeta de visita, Cegarra Salcedo le indicó que se alegraba de su restablecimiento[2]. Poco después, el 28 de octubre, la también amiga Consuelo Berges le escribió desde Madrid para decirle que sentía que hubiera perdido a su hija y que, al comentarlo con la escritora Gabriela Mistral, esta le confesó que le aterraría traer un hijo al mundo de aquellos días[3]. Pese a estas menciones, la discreción en torno al acontecimiento resultó la norma. Fue la propia Carmen Conde quien rompió este silencio con la publicación de su libro Júbilos en 1934, el cual, además de contar con el prólogo de la mencionada Gabriela Mistral y las ilustraciones de Norah Borges, incluyó la siguiente dedicatoria impresa: «A María del Mar, que se fue a bordo de su nombre».
A partir de este momento, el vacío en torno a la figura de la hija es total y, posiblemente, este vacío funcione como un mecanismo de defensa frente al trauma de la pérdida. Sin embargo, la ausencia de María del Mar es, realmente, una presencia que impregna desde el silencio las décadas que Carmen Conde sobrevivió a su hija. La manifestación de este hilo inquebrantable la encontramos en sus agendas personales en el día de los aniversarios del alumbramiento:
– 11 de octubre de 1942: «1933 sí y no María del Mar».
– 11 de octubre de 1950: «María del Mar cumpliría hoy 17 años».
– 11 de octubre de 1958: «Hoy cumpliría María del Mar 25 años (1933)».
– 11 de octubre de 1967: «Aniversario nacimiento (muerta) de mi hijita, aquí=1933 (34 años)».
– 11 de octubre de 1968: «De viaje. / Salida probable para Benidorm. Salimos 8 mañana; en la carretera a las 8 ½. Comemos en Albacete a las 2; en la carretera a las 3 y pico. Alicante, a las 5; Benidorm a las 6. Feliz viaje. / El 122, perfecto. MAR. Y pena por lo vivido sin remedio. ¡Oh la muerte, Dios mío, la muerte! / Llamé a casa a las 8; todo bien; en la cama, rendidas, a las 9 ½».
– 11 de octubre de 1970: «La Manga. Glorioso despertar en el y ante el mar. / Misa de 10. Paseo por La Manga y aperitivo en La Tana, Cabo de Palos. Reposo después del almuerzo. Nuevo paseo. Llamé a María Cegarra, y está malucha. Dejó de llover. ¡La mar y su voz!».
Estos son cumpleaños que no fueron, aniversarios con la muerte cuando debieron ser de la vida. Un lamento casi en silencio, aunque también una resistencia y una aceptación que conviven. Esta coexistencia aparece completamente clara en la anotación de ese 11 de octubre de 1942: «1933 sí y no María del Mar». En ese «sí y no» de la hija se encuentra la vida del bebé gestado en el cuerpo de la madre y el alumbramiento de su muerte. En esta dualidad se instala el duelo. El manuscrito de Sangre y alma perdidas de 1933 también refleja en su estructura esa convivencia de alegría en la promesa y de dolor en el fracaso de la vida. La primera parte se titula «La espera» y está dirigida al hijo que está creciendo en el vientre de Carmen Conde:
HIJO:
Casi no te esperaba. Ya no creía que vinieras. De lo único que he dudado en la vida es de mí. Por eso no te esperaba…
¿Es cierto que estás dentro de mi cuerpo, tomándome la sangre y que saldrás entre mi llanto a sonreirle a Dios…?
Si es que eres de verdad… Trae mi voluntad contigo. No vaciles. Ven recto.
Llévame, hijo.
11, junio, 1933.
Todos los textos se encuentran fechados en una cuenta regresiva hacia la felicidad. Al igual que antes la correspondencia dirigida a Carmen Conde se detiene el 9 de octubre de 1933, el último poema de esa parte se encuentra fechado un día antes: «Es ahora que tu sangre y la mía se han unido, / que tu vaho y el mío se han juntado, / que tu calor y mi calor se sumaron / cuando empiezo a conocerte. […] Yo soy suya, y porque tuyo es / el que en silencio de mí se nutre, / toda te pertenezco: gota a gota, / soplo a soplo, grado a grado, / para sumarme a tu luz». Además, en esta primera parte la autora añadirá dos poemas finales de su marido y padre de la criatura esperada, el poeta Antonio Oliver Belmás.
Tras el hundimiento de esa promesa de luz en sombras, comienza la segunda parte del poemario, «El desencanto», en la que la promesa del hijo se personifica en la realidad incumplida de la hija. Tan solo seis días después del parto, el 17 de octubre, escribe: «Dentro de mí, muerta. / Mía viva a lo ancho de los meses / y al nacer para los otros, / muerta. […] Contigo, hija que no conozco, / contigo y con tu silencio; / con tus ojos cerrados, / con tu garganta sin voz / me hubiera muerto». El 23 de octubre el cuerpo toma el poema: los pechos de la poeta comienzan a llenarse de una leche que no servirá de alimento. Sin la succión del bebé, la mastitis resultante narra la enfermedad y una rotura que no es solo espiritual, sino también física: «He estado con fiebre, inmóvil, pensando en toda la inmensa distancia que nos separa, mientras esta inútil leche se retiraba humillada y algodonaba mis desdichadas arterias fluyentes». En esa consumición surge el nombre de la hija por primera vez justo en el poema escrito un día después: «¡María del Mar y de la muerte se llamó la niña! Porque nació sin vida, tanta como yo creía haberle dado mía». El día 26 de octubre, Carmen Conde escribe el último de los poemas de esta serie en el que afianza la larga espera hasta que pueda reunirse en la muerte con su hija y muestra su rabia, aunque contenida, hacia una deidad indiferente a su dolor: «Se ha abierto la eternidad para una luz mía. Empiezo a tener algo de mi ser al otro lado de la existencia. […] Cuando me lleven a la tierra -¡gracias, Dios impasible!- habrá quien me aguarde como a madre».
Así, este Sangre y alma perdidas constituye el núcleo más fuerte de esa posible biografía para María del Mar porque ella existió en el cuerpo de su madre. También en el recuerdo de su muerte Carmen Conde encuentra maneras de imaginarla en la vida. Y durante cincuenta años este manuscrito permaneció en silencio para el público lector, hasta que en 1983 apareció publicado bajo el título de Derramen su sangre las sombras en Ediciones Torremozas. En este momento, además, Carmen Conde añadió una tercera parte bajo el nombre de «Mucho después», con poemas fechados entre 1944 y 1972, algunos de los cuales ya habían sido publicados, en los que recuerda el dolor permanente y la indeleble huella de esta muerte en su devenir y en su obra. Sin embargo, el silencio ha sido diluido.
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Cuando este artículo era tan solo una idea al aire, pensábamos que podríamos trazar líneas entre esta experiencia condiana y, desde la lejanía, nuestro deseo hasta ahora frustrado de ser padre, al igual que sí hemos logrado hacer en otros trabajos sobre Carmen Conde y nuestra propia biografía. De hecho, pensamos estas breves palabras como un reto para abordar ambos temas. Así ha sido, pero las líneas entre su duelo y el nuestro permanecen en nosotros. Eso sí, son dos duelos completamente diferentes: nosotros nunca tendremos un ser formándose en nuestro vientre ni padeceremos el sufrimiento de parir nuestra esperanza para la muerte. Más allá de la empatía hacia el trauma y el dolor, solo, tan solo, podemos reverberar con esta experiencia condiana en el sufrimiento de no vernos, ni ella ni nosotros, multiplicados en el corazón y en la luz de esta manera: unos brazos de vida creciente que nunca se alzarán para abrazarse a nuestro cuello.
Si acudimos a nuestra propia obra, tan solo encontramos el asidero común de la tierra con los poemas de Carmen Conde. En Derramen su sangre las sombras la tierra se convierte en el recipiente para la vida que no pudo ser, como un regreso al vientre original desde el vientre materno para la muerte. No hay luz ni aliento bajo la piedra. Nosotros, ante la desesperación por la hija que no llega, escribimos hace unos años sobre una gracia que no nos escuchaba y cómo hundimos nuestros dedos en el abono de unos geranios para sentir un dolor palpitante. Por esa misma deidad impasible que arrebata la felicidad y el sueño y esa tierra que servirá para la vida ahora, tras la lectura de estos poemas de Carmen Conde, sabemos que nuestros dedos nunca alcanzarán una vida que es del polvo. Sin embargo, como la autora cartagenera, nunca dejemos de cantarle.
Cuando en 1987 Carmen Conde se alzó con el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, hacía veinte años que se había convertido en la primera mujer en ganar el Premio Nacional de Poesía (1967) y tan solo nueve desde que había sido también la primera mujer en ser elegida académica de número de la RAE (1978). Tan solo cuatro desde que había publicado Derramen su sangre las sombras (1983). Este último Premio Nacional lo obtuvo por su libro Canciones de nana y desvelo, publicado en 1985. Hay una de estas canciones, la «Nana del sueño», en la que su autora termina el poema con los siguientes versos: «Duérmete, mi vida, / niña de la tierra: / que el sueño te canta / para que te duermas». Este poema, uno de los mejores del libro, gracias a esta reflexión sobre la pérdida de María del Mar, cobra una nueva dimensión que multiplica su significado. Vuelve de nuevo la tierra, porque Carmen Conde cantó a su bebé durante su gestación y sin duda continuó cantando a de hija a lo largo de su vida. Compuso para ella una biografía sin tiempo. Una Carmen Conde derramada sobre su sangre y alma perdidas.
Referencias:
[1]PCCAO, signatura: 014-01380.
[2]PCCAO, signatura: 014-01381.
[3]PCCAO, signatura: 011-01033.


Ilustraciones de: Alejandra Fernández • Edición: Beatriz Sanjuán · Freddy Gonçalves
«Este proyecto ha recibido una ayuda del Ministerio de Cultura y Deporte a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura»



