
Estar con los ojos cerrados.
Levantar un mundo delante de nuestros ojos, sin usarlos. Como si la imaginación fuera un don, como si no hubiera necesidad de formarse, de adquirir experiencia. Esto que hacemos es físico, nos afecta y afecta el entorno, aunque con el tiempo desaparezca, como todo, como todos. A pesar de los ojos cerrados, no es un impulso ni una visión, ni es espontáneo, es el producto de una larga experiencia y reflexión. Vemos cómo ocupa un lugar en el espacio, cómo interactúa con los demás y con nosotros mismos, con lo que hemos hecho antes, con nuestra historia. Y modifica todo eso.
Después abrimos los ojos. Y comenzamos a preguntarnos si lo que hacemos tiene sentido, si eso que hacemos es lo que hay que hacer…
En realidad, diría que hacer es algo propio de una manera de ser. Me pregunto: ¿Debería ser (o fue) asunto de las profesiones que he ejercido en estos años? Porque no se trata de producir, de fabricar ni siquiera de crear: se trata de proponer una manera de vivir, de ver, de actuar. Una manera de iniciar un diálogo con otros.
Me preguntan si este quehacer diario es crear. Supongo que no es fácil decir que sí o que no, porque a veces sí lo es y a veces no. Se puede dar forma a algo sin pensar o exponerse, sin exponer lo que se es y lo que se piensa ante otros. Pero como producimos para el consumo, entonces, ¿se supone que no debe destacarse nuestra opinión? Yo creo que la idea de participar y de crear un mercado no es seguir una tendencia, es precisamente confrontar el pensamiento de unos y otros en el espacio público. Pero para que esto suceda habría que conversar, generar diálogos y polémicas, confrontar ideas, posiciones y opiniones. No veo dónde se pueda hacer esto hoy.
Y sí, así, categóricamente. Se crea cuando se edita. No me cabe ninguna duda. Pero, tendríamos que definir editar. Aunque en el mundo actual, confuso y lleno de posibilidades, cualquier cosa se puede: seguir tendencias, modas, gustos…; seguir instrucciones, asistir a un curso, escuchar a alguien que se ha ganado el título, seguirle los pasos, mirar cómo hace, imitar. Porque ¿cómo alguien se convierte en un profesional? Hoy cualquiera puede hacer y ser cualquier cosa; lo más fácil, convertirse en editor. Imprimir un libro se considera editar; poner un texto o un texto y unas imágenes entre dos tapas se considera editar; usar la IA, las plataformas que entregan imágenes editables, conocerlas y sobre todo usar esas herramientas, se considera editar.
Pensándolo bien, cualquier cosa se considera editar. Incluso vender se considera editar. Estar en redes y ser «visible» se considera editar. Si alguien dice «Soy editor», se convierte en editor. No se necesitan ni títulos ni habilidades. Solo el deseo. Voy a recibir textos, voy a buscar imágenes o a alguien que las haga, las pongo juntas. Soy editor. ¿De dónde surge ese deseo? ¿Qué significa? Voy a una feria, compro lo que hacen los demás, lo imprimo en mi lengua, en mi país, soy el mejor editor. ¿Soy editor? ¿Tal vez? El editor puede ser solo un intermediario, no crea nada específico, crea un catálogo, escoge aquí y allá, lo que ha ganado un premio, o simplemente lo que le gusta, o lo que ha alcanzado cifras altas de ventas, o lo que se parece a lo que quisiera hacer y no puede porque todavía necesita un poco más, porque acaba de empezar, necesita un catálogo para (otra vez) ser «visible»… luego sí, tal vez. ¿O estábamos hablando de editar?
Todo depende del punto de vista. Hoy editar es estar en el mercado, participar en redes. Ya no se reseña, no se habla de los contenidos, se hace propaganda, se eligen unos cuantos autores y se destacan sobre los demás. Alguien elige: ¿quién? ¿Los medios? ¿Las redes? No me digan que el público; o, si es el público, en ese caso, inducido por la propaganda, por la visibilidad.
Nada más confuso hoy que la acción de editar. Y nada más confuso que editar libros para niños. Porque parece fácil, la verdad, poco texto, muchas imágenes, pocas páginas. Habrá alguna manera de intervenir, de decir algo sobre el exceso de libros, sobre el exceso de publicación, ¿más de lo que se ha dicho y escrito? Necesitaríamos un nuevo ecosistema, uno en donde vuelvan a aparecer profesionales que lean, que reseñen, que critiquen, y que se vuelva a hablar de libros y literatura sin mediar la publicidad ni la imposición del mercado.
Definitivamente trabajamos con los ojos cerrados, cerrados a nuestro alrededor, abiertos para mirar lejos, para ignorar lo que nos rodea. Se llama globalización, que hace que todo se vea igual; que pueda ver lo que veo, leer lo que leo, comer lo que como en mi casa, en cualquier lugar del mundo. Que no extrañe parece más importante a que algo nos sorprenda.
Se trata de uniformar e imitar para crear esa uniformidad. Construimos el imaginario en el imaginario de otros, en lo ya representado, en lo usado, en lo probado. Sobre todo, en lo probado. Representamos mirando a otros representar la realidad representada por otros.
Se investiga en la producción, se transforma y a esa transformación se la llama creación.
Y todo esto porque lo que falta es tiempo; por eso hay que tomar atajos, producir mientras podemos tomarnos un tiempo para editar. El tiempo en que lo que se hacía era editar ya no existe; se acabó, ya no hay tiempo para pensar, hay que producir. Al comienzo solo para tener tiempo para editar; después no queda tiempo para nada más. Hay que entregar novedades, construir un catálogo —lo que sea que eso signifique hoy en día—, producir; y para eso sirven todos esos atajos.
Eso pasa en general. A la LIJ, además, le pasaron antes otras cosas. —Ahora, un resumen, porque no fue solo así ni así de fácil y directo; pasaron muchas cosas y mucho tiempo, pero los resultados son estos—. Hubo un tiempo en que tuvimos que convencer a los demás de que lo que hacíamos se dirigía, principalmente, a un público infantil, que no era infantil lo que hacíamos ni los que lo hacíamos. Tomó tiempo, los convencimos de que lo que hacíamos con imágenes era expresar y potenciar un discurso complejo en palabras para pequeños que podían entenderlo mejor leyendo una imagen que un texto. Y todo lo que hacíamos tomó ese camino, todo. Las palabras se quedaron en la escuela, las dejamos ahí. Ahí siguen. Los editores de plan lector hacen los negocios, los libros ilustrados ganan premios, están en las librerías. Las inundan. Pero ya nadie conoce la diferencia entre un libro ilustrado y un libro para niños. Todo está ilustrado, profusamente ilustrado.
Ahora, ilustrar se convirtió en algo tan difícil de definir como editar. Porque, aunque sea difícil de aceptar, eso que dije de editar se le aplica igual a ilustrar. La ilustración dejó de tener ese sentido que le dimos en la LIJ y se apoderó de los libros, de todos. Lo importante es que se vea bien, lo importante es quién dibuja, cómo dibuja. A veces pienso que en esos libros se podría dejar de publicar el texto. Libros llamados: catálogos de dibujos para clásicos. ¿A quién le importa lo que dicen esos «clásicos»…? Lo que importa es cómo se representan. Imágenes + resumen de contenido. Y, por supuesto, en la medida en que el libro ilustrado crece, la imagen en la LIJ pierde sentido. Otra vez: si la imagen significa ya no es para niños.
En realidad, todo gira en círculos.
Hay que estar atentos.
También me gustaría decir que podemos salir de ese círculo, pero que la línea recta no existe, que dejarse llevar no nos deja en ninguna parte, que podemos hacer menos, que podemos controlar la natalidad, que sería deseable, que participar y conversar con los demás es indispensable, que trabajar por el entorno en el que vivimos es la opción, que debemos representar ese entorno, que es nuestra única posibilidad de cambiarlo.
Yo crecí y me hice fuerte en una facultad de arquitectura. Ahí crecí hace 50 años, ahí hice mis mejores amigos —que aún conservo—. Lo hicimos criticando y dejándonos criticar, revisando y preguntando por lo que cada uno hacía, conversando, discutiendo, exponiéndonos, confrontándonos, trabajando juntos.
Desde ese entonces entendí que
no hay atajos,
no hay fórmulas,
hay que mirar alrededor,
hacer menos,
tomarse el tiempo,
porque el tiempo sí existe
y está ahí
a diario
para tomarlo
y es nuestra oportunidad de derribar el muro.


Ilustraciones de: Alejandra Fernández • Edición: Beatriz Sanjuán · Freddy Gonçalves
«Este proyecto ha recibido una ayuda del Ministerio de Cultura y Deporte a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura»




Un comentario
Qué hermosa imagen. Es una hermosa interpretación gráfica de lo que es la edición de libros.