
Cuando pienso en el verbo crear, suelo sentirme apabullada. Son cinco letras, pero cuando era una jovencita que confiaba (como casi todos los chicos) demasiado en su inteligencia, esas cinco letras me metieron en un laberinto por cuyos corredores me extravié. Como era una muchacha de dieciocho años, estaba segura de que encontraría la salida y que, además, inauguraría una ruta, un camino. Pobre. Sería mucho exagerar decir que, a mis sesenta y cinco años, ya salí de ahí.
¿Se puede crear? ¿El arte, la ciencia, crean? ¿No todo es transformación incesante que provino de un primer acto misterioso que se multiplicó y ramificó? ¿El Big Bang ‑o la voluntad de Dios‑ no evolucionó hasta formar el universo? ¿Acaso crear no es una consecuencia natural de la conciencia? (Otra palabra cargadísima).
¡Y el sustantivo creación! Con su halo de asunto divino, artístico o científico, esta palabra bulle y se agita. En ella la semilla eclosiona, se abre, se despliega hasta elevarse hacia la luz, convertida en un abedul, un pino, un roble de Dodona, el oráculo de Zeus.
En la creación el óvulo es fecundado, la estrella nace y la sinfonía es concebida y garabateada sobre el papel pautado. Aquí imagino la cabeza leonina y canosa de Beethoven inclinada sobre un papel grueso. Tiene los dedos manchados de tinta y las notas corren y brillan un poco, porque la tinta está fresca. Él, me digo, claro que creaba. Tejía mallas de armonía con puros sonidos y silencios. (El corazón se me rompe de amor, admiración y piedad).
La palabra «creación» es aguda: un martillo minúsculo golpea el oído con la sílaba final, como las palabras razón, emoción y destrucción. Corazón. Y confusión, ni modo.
Recuerdo, con claridad y un poco de ternura, a esa muchacha desgarbada que se enredaba un mechón de pelo en el índice mientras leía ansiosamente fragmentos de la Summa Theologiae de Santo Tomás de Aquino y El origen de la vidade Aleksander Oparin. Aclaro, sin entender ni la mitad de lo que leía.
Yo, enfáticamente, ya no soy ella. Me he alejado de sus asuntos. Además, la edad me ha vuelto cautelosa y no confío mucho en mi inteligencia. Admito, sin reservas ni tristeza, lo que ella ignoraba: que no tengo cabeza para la filosofía. Soy, gozosamente, escritora: una suerte de mentirosa profesional, que busca decir algunas verdades transfiguradas. Vivo en el laberinto y cuido lo mejor que puedo algunas macetas de los pasillos.
He asumido que soy una urraca: un ave a la que llaman las cosas brillantes, que se las lleva y las guarda en un nido abigarrado y multicolor: la memoria. Soy el tipo de escritora que, de tanto leer, escribe. No sé de respuestas, mi especialidad son las preguntas.
Pero demos por sentado que hay quienes crean, que descubren terrenos inexplorados, los desbrozan, los cultivan y dan frutos nuevos, distintos.
Creamos, en el sentido de creer, que hay creadores. De muchos de ellos soy devota rendida. Shakespeare inventaba, literalmente, palabras cuando las necesitaba y las que había no le acomodaban o cuando quería manifestar algo con fuerza singular. Según los académicos, estas palabras shakesperianas son más de mil. En cambio, el otro día me enteré de que uno de los políticos más poderosos del mundo y, seguramente uno de los peores de la historia, usa casi siempre doscientas palabras. Y, generalmente, las usa mal. La conclusión llega sola, aunque no me impide rabiar porque Shakespeare, aunque no murió pobre, no obtuvo el título nobiliario que ansiaba y merecía más que todos los reyes de Inglaterra.
¿Cómo fue que Shakespeare modeló el espíritu humano en su variedad ciñéndolo al pentámetro yámbico? Ese actor, que vivía con muchos trabajos y poca paga, expandió el espíritu humano, exploró los rincones más lóbregos de la emoción y el amor más tierno. Supo de la cólera de los reyes y del amor de la madre, de la ira del jorobado aborrecido sin haberlos experimentado en carne propia. El mundo entero cupo en su alma.
A mí, una mujer clase media con un librero nutrido, iluminada por la luz eléctrica y ante una computadora, me pasma. Sobre todo, cuando escribo y borro, una y otra vez oraciones débiles y párrafos insulsos hasta que renuncio y lavo los trastes. Distraída, rompo un plato y me pico un dedo. Me devuelvo a teclear. El enojo se convierte en una tristeza algo amarga.
¿Qué me pasa?, me pregunto. Me respondo que estoy apabullada por la realidad. Ante las desapariciones forzadas y la violencia que nos atormentan a los mexicanos y las amenazas que se ciernen sobre el planeta, ¿qué importa si logro escribir mi página diaria? En un momento histórico como este, en el que todo conspira contra el espíritu y el culto al dinero se vuelve cada vez más descarado, ¿a quién le hace falta lo que escribo?
Bueno, a mí, termino por responderme, con cara de bagre. Supongo que necesito responderle al mundo, a este mismo mundo que me deja sin habla.
Trato de acicatearme y leo el soneto de Milton a Shakespeare. Me imagino unos dedos llenos de tinta, papel irregular, una mancha que arrastra el nombre “Próspero”. Tres velas de sebo iluminan un puño de encaje algo raído y no sé cómo darle las gracias a Shakespeare por modelar mi humanidad a siglos de distancia. En España, no muy lejos de Londres, Cervantes, quizás todavía más arduamente, se afanaba con igual genio sobre las páginas de El Quijote, cuya lectura, esencial en estos tiempos de odios, es una culminación burlona y afectuosa de todas las novelas de caballería que le precedieron y la inauguración deslumbrante de la novela moderna.
Ellos no sólo concibieron personajes más vivos que muchos humanos que andan por ahí; sus obras son tesis sobre el poder, el amor, la ambición y la suerte. Shakespeare y Cervantes descubrieron nuevas formas de ver a los demás. Ampliaron el lenguaje y ensancharon la realidad. A la densidad espiritual de El Quijote se suman su alegría, el humor, la expansiva ternura de los personajes. Nadie es el mismo al terminar de leerlo. Uno cierra El Quijote conmovido, exaltado, humano.
Enterarse de los pormenores biográficos de estos dos artistas inigualables es una lección que impone humildad: Cervantes sufrió más que Shakespeare y tampoco tuvo la estabilidad económica que merecía. La lista de artistas que cambiaron el mundo y murieron sin fortuna es tan larga como ilustre.
No son muchos los creadores, pero existen y lo que hacen nos transforma. Ellos son el monstruo fabuloso en el centro del laberinto y la ruta para encontrar la salida; pregunta y respuesta. Merecerían, al menos, tranquilidad.
Claro, y quiero desviarme unos renglones: esto no los convierte en dioses. Es uno de los misterios del arte. El arte no es un jarabe, ni una receta para ser feliz, ni un florero. A veces hiere; otras, llena el alma de luz. La belleza puede ser terrible, amenazadora, dejarnos trémulos y cabizbajos. Algunos ejemplos al vuelo: la pintura de Goya, las novelas de Dostoievski, la música de Henryk Gòrecki, los autorretratos de Courbet y Géricault, la Farsalia de Lucano, las tragedias griegas, la poesía negra de Gottfried Benn.
Además, se da el caso de que la obra y el autor se contrapongan. Caravaggio, ese pintor capaz de hacer llorar al espectador más indiferente, era un malhechor. Pura carne de presidio: amasijo de cólera, violencia homicida, lujuria y uno de los pintores más sublimes que el mundo ha visto. Qué se le va a hacer.
Hay muchos otros, entre los que me cuento, que no tenemos esos dones, ni padecemos esas contradicciones. Los artesanos. Los que regamos las macetas del laberinto, tratando de recordar un soneto o un pasaje de novela y que ordenamos palabras laboriosamente. Tomamos del mundo las cosas que nos asombran, hieren o encantan y las distribuimos sobre la página para ensayar preguntas sobre la vida.
Escribo por un deseo de emulación. Quiero imitar a los creadores que me enseñaron a pensar. Honrar a mis muertos. A veces, también, imagino a un lector al que tiro (cortésmente) de la manga para darle el texto. Amo el oficio de contar. Tengo la necesidad de comunicar la fascinación, la alegría y el dolor que la vida me provoca. Quiero ordenar de forma lúcida los abalorios que he ido acumulando en la memoria.
Hoy, por ejemplo, mientras me entrenaba en el gimnasio, recordé haber visto en internet un corto de un muchacho con el torso cubierto por una armadura de samurái, nadando en una alberca ¡con todo y yelmo! Parecía que estaba de pie y avanzaba como un extraño cisne acorazado. Su padre, desde la orilla, lo reprendía porque le faltaba fuerza en la patada. Esa técnica llamada suijutsu es uno de los asuntos más asombrosos de los que he tenido conocimiento. (Uno de los abalorios). El día que lo vi pensé que debía decir algo, dar noticia de que los samuráis nadaban con media armadura puesta para no perder el tiempo en las batallas. Hoy llegó el día: pongo el nombre aquí mismo. Suijutsu.
Tengo en mi nido fragmentos de poemas, diálogos escuchados al pasar, la visión de rostros entrevistos, ideas aprendidas y transformadas por la experiencia, el sonido luminoso y amado de la risa de David Huerta, los pies marmóreos de las esculturas de Bernini… ¿qué se hace con todo eso? En mi caso, se escribe. Con dificultad y con síndrome de la impostora; se escribe con ímpetu y con miedo a que nadie lo quiera leer; se escribe a sabiendas de que han muerto Cervantes y Shakespeare y que ellos ya escribieron todo lo que somos; se escribe en el siglo en el que la internet y la IA hacen lo que en la agonía del imperio romano hicieron los vándalos, los ostrogodos, los hunos. Ahora esos bárbaros son otros y el arte enfrenta, de nuevo, un peligro existencial.
Pienso ahora, como otras veces, en dos personas a quienes invoco cuando la modesta forma de creación a la que aspiro me rehúye: en el padre John Clynn, quien vivió en la abadía de Kilkenny, en Irlanda, durante la Peste Negra y que creyó que era el último hombre del mundo. Documentó ese Apocalipsis y escribió sus últimas reflexiones cuando ya comenzaba a sentir los síntomas. Dejó, además, pergamino y tinta, en caso de que alguien más hubiera sobrevivido a la epidemia que vació su aldea y su monasterio.
El otro es Dimitri Koleshnikov, capitán del submarino atómico Kursk, aquel que se hundió el 2000 por una avería debida a que el equipo no había recibido mantenimiento. Putin, quien apenas había subido al poder, se comportó como sabemos: no aceptó la ayuda que le ofrecieron otros países para rescatar a la tripulación; desestimó el hecho; alentó los rumores que culpaban a otros países y el Kursk se fue al fondo del mar de Barents con 118 almas a bordo. Koleshnikov consignó, casi completamente a oscuras, en un papel que luego encontraron en su bolsillo, la angustia de las horas en las que el agua fue llenando compartimento por compartimento. Describió el terror y la desesperanza de sus compañeros, aunque él buscaba, conmovedoramente, mantener el ánimo. Confesó que no sabía ni por qué escribía o si alguien lo leería. Muchos lo hemos leído y creo que pocos lo hemos olvidado.
Sentada en mi escritorio, repito sus nombres cuando la sensación de futilidad me intimida. Un franciscano en el siglo XIV, un capitán de submarino ruso en el año 2000. No me parezco a ellos. Pero escribieron in extremis y hay tal humanidad en sus sencillas bitácoras, una de ellas un papel que cupo en un bolsillo de pantalón, que me obligan a escribir.
Me encomiendo a mis autores, a mis posibles lectores, al recuerdo de David Huerta, al mundo aterrador y hermoso. Escribo, como si en ello me fuera la vida. Porque, al menos una parte, quizás la más lúcida, sí me va.


Ilustraciones de: Alejandra Fernández • Edición: Beatriz Sanjuán · Freddy Gonçalves
«Este proyecto ha recibido una ayuda del Ministerio de Cultura y Deporte a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura»



