
“Cuento tradicional” es aquel que pervive en variantes. El adjetivo “tradicional” no se refiere al contenido del cuento sino a la forma de transmisión. La transmisión tradicional es de boca a oreja, sin que medie la escritura. Por ello, en esta transmisión se produce algo muy importante para esa pervivencia en variantes: el olvido. Quien escucha guarda en el corazón, el órgano donde se alberga el recuerdo (re-cordis), las imágenes que le ha producido el relato del narrador de la versión fuente y algunas de las palabras que ha escuchado. Las que se han olvidado permiten que haya creación (o re-creación) porque aparecen nuevas formas de expresión que tienen que ver con la piel, el pálpito y el aliento de quien narra la versión final. La oralidad, el relato oral, se basa en la presencia y esa presencia solo se logra si hacemos nuestra la versión del cuento que hemos escuchado, si lo recontamos con nuestra mirada y nuestra emoción. Todas las realizaciones de ese cuento que hemos escuchado realmente son versiones, recreaciones, recuentos o reescrituras (si las pasamos al papel). Lo que llamamos “cuento” no es sino una versión más, que reconocemos como ese cuento “ideal” porque hay elementos simbólicos que construyen el cuento y que siempre aparecen. Por ejemplo, en el cuento de “Rapuncel” o “Rapónchigo” o “La niña encerrada en la torre”, lo que se repite es que siempre hay una joven (nunca una mujer mayor o una anciana) encerrada en un lugar elevado “la torre” (en algunas versiones es un árbol, pero nunca es una cueva) por una mujer adulta (su madre o una bruja) que la protege, en ese proceso de hacerse mujer, de las consecuencias de una exposición a lo masculino, que podría acarrear consecuencias irreversibles. Las palabras que construyen las imágenes de nuestra versión cambian según sea el código, el contexto, el canal, la edad del receptor… porque contar cuentos es un acto comunicativo en el que lo importante es el código, porque la función que prevalece es la poética, como en todas las manifestaciones literarias. Lo importante no es qué se cuenta sino cómo se cuenta.
Lo que ahora sigue es un ejercicio poético y reflexivo en el que se expone la comparación de una versión del cuento de “La muchacha lobo” recogida por Julio Camarena en León, en Burbia, en noviembre de 1985, narrada por Jesusa Rellán González, una labradora y ama de casa de 65 años, y una versión propia. A partir de ella escribí una versión con leves variantes que suprimían muletillas “pues, pues” o aclaraban (u ordenaban) mínimamente algún suceso, y que se publicó en mi Libro de Monstruos españoles (Madrid, Siruela, 2008, Premio Nacional al Libro Mejor Editado en 2009). A partir de esta versión, contando y recontando el cuento de “La mujer loba” fue naciendo y creciendo la versión que entreveramos con la versión fuente y que se publicará en Libros de las Malas Compañías en la próxima edición revisada y ampliada del Libro de Monstruos españoles y que se titulará Libro de Monstruos ibéricos. Dieciocho años rodando esta versión de escenario en escenario han dado como resultado esta última versión.
La muchacha lobo / La mujer loba
El título de la versión fuente “La muchacha lobo” pone en juego a la protagonista en su fase inicial de muchacha, de joven inexperta. El título de la versión final, “La mujer loba”, nos la presenta en su fase final: convertida ya en mujer. La muchacha se ha convertido en mujer tras el viaje iniciático que desencadena la maldición paterna. El proceso de feminización se extiende al sustantivo “lobo”, que deviene en “loba” en la versión final. He optado por este título en lugar de “La loba”, un título más dramático por conciso y polisémico (recordemos que lupa, “loba”, en el mundo romano se refería no solo al animal sino también a las trabajadoras sexuales), porque nunca se convierte en el animal, sino que solo se mete dentro de la piel de la loba para ser aceptada por la manada. La joven, expulsada de su comunidad, busca formar parte de la manada de lobos.
En cualquier caso, todo el cuento está atravesado por un juego polisémico que permite una interpretación más erótica por parte de las destinatarias del cuento: otras mujeres; y una interpretación más literal por parte de la prole de estas destinatarias, pues las madres siempre han socializado con otras mujeres en compañía de sus hijos. Mientras que los cuentos contados por hombres en entornos masculinos eran más explícitos porque no había que mantener “oculto” el significado netamente erótico del cuento. Ellos, al contrario que las mujeres, nunca contaban con “ropa tendida”.
La versión fuente y la versión final comienzan así:
Era una muchacha que la echaron sus padres fuera de su casa con una maldición: que la comieran los lobos. Y luego, la chica se echó al monte, con los lobos; pero con la maldición que la echaron sus padres, los lobos no la comieron. Y se hizo ella de lobo; cogió la piel y todo de lobo.
Nadie recuerda qué delito cometió. Pero un día sus padres la echaron de casa.
–Ojalá te coman los lobos, desgraciada –le gritó su padre mientras la veía alejarse, despacio, sin volverse, por el camino que daba al monte. Su madre lloraba, agarrándose al marco de la puerta, mas nada hacía.
Pero los lobos no la comieron. La rodearon, la olieron y se alejaron. Y ella los siguió. Estaría mejor entre aquellos animales que con las bestias de su pueblo. Aquella noche murió una loba vieja en la manada y ella le cortó la piel con un cuchillo, y se puso la piel de la loba y como a una más la aceptaron en la manada.
El uso del presente en la primera frase de la versión final busca una irrupción del presente en el pretérito imperfecto. Este presente subraya el aspecto imperfecto del tiempo verbal que mayoritariamente se usa en los cuentos tradicionales y que indica una acción que sucedió en el pasado, pero cuya repercusión sigue sintiéndose en el presente. El presente le da actualidad y vuelve el cuento más verosímil: todavía hoy se recuerda, y si se recuerda, será porque sucedió.
La maldición, que solo aparece nombrada en la versión fuente, adquiere voz en la última versión, y el tono narrativo se convierte en diálogo. Aparecen también las acotaciones escénicas que permitirán al emisor recordar las imágenes de la expulsión de la joven de su casa paterna y de su pueblo, y al receptor construir la escena en que se produce la maldición. En muchas versiones de humanos y humanas convertidos en animales, total o intermitentemente, esta transformación se opera por la maldición materna o paterna porque solo quien te ha dado el ser puede cambiar tu ser con solo nombrarlo. El poder de la palabra que maldice pone de relieve la importancia de la palabra en las sociedades de oralidad primaria, como lo era la sociedad rural de comienzos o mediados del siglo pasado, momento en el que Jesusa escucharía el cuento.
En la versión fuente son ambos progenitores quienes la maldicen, en la versión final hay un contraste entre el papel activo del padre que maldice y la madre pasiva (aunque doliente en su papel de piedad), que marca el inicio de este camino solitario de una muchacha con una madre que no la defiende porque acata la autoridad del padre. Pero continuemos con las versiones.
Y luego, pues en un pueblo había una casa en la que secaban las castañas todos los del pueblo, en la casa aquella. Había, así, un desván por arriba…; yo no sé cómo lo harían pero que secaban muchas castañas. Y luego, pues iban a darles vuelta. Y aquel que iba, la muchacha lo comía; ya no salía más. Y ella, de que los comía, pues se peinaba y se preparaba en la casa aquella, a la lumbre. Y cuando se preparaba, pues tiraba la piel; luego la volvía a poner y ya era lobo.
Todas las noches de luna llena, bajaba al pueblo. Se metía en un caserón hacía tiempo abandonado donde la gente del pueblo secaba las castañas, y allí, en el desván, encendía el fuego, preparaba un barreño con agua caliente, se quitaba la piel de loba y, desnuda, comenzaba a lavarse: primero el cuerpo y después el pelo. Luego se peinaba con un peine de hueso el pelo mojado horas y horas, despacio, oliendo las castañas y recordando el olor de los guisos de su madre, el olor del jabón de afeitar en la cara de su padre, el olor de las sábanas recién planchadas; mientras, cantaba. Antes de amanecer, se volvía a poner la piel de loba sobre su piel, y regresaba con la manada. Dicen que cuando algún muchacho se atrevía en esas noches a ir al caserón con la excusa de darle vuelta a las castañas que se estaban secando, desaparecía, devorado por la loba, nunca más se le volvía a ver en el pueblo. A ella se le atribuían todas las desapariciones de jóvenes casaderos y maduros mal casados.
Ante la concisión de la versión fuente, en la versión final hay una descripción más pormenorizada de lo que acontece. En la versión fuente Jesusa relata del cuento maravilloso lo que le han contado y confiesa que hay cosas del cuento que no sabe: su punto de vista es horizontal, humano. Sabe algunas cosas y desconoce otras. El punto de vista de la versión final es cenital, es el punto de vista de quien todo lo sabe. Aparece en la versión final el motivo de la luna llena como elemento transformador, pero en este cuento, como se trata de una mujer loba, aparece invertido. En lugar de convertirse en loba las noches de luna llena, se convierte en mujer. O más bien, regresa al pueblo y se quita la piel de loba. Recordemos que la luna rige la sangre de las mujeres y el flujo marino.
También hay una asimilación de esta mujer loba a los seres maravillosos femeninos que se peinan el pelo en momentos que no toca (de noche) o en lugares poco íntimos (a la orilla de un río, a la entrada de una cueva o en un desván). La noche y la luna, ambas femeninas y asociadas a la madre, permiten la transformación, el regreso de la mujer. La madre pasiva de algún modo está presente simbólicamente permitiendo el regreso del animal a la humanidad.
Y cuando, vino un chico del servicio y le dijeron lo que pasaba en el pueblo, y entonces, dijo:
–Pues voy a ir yo.
Y la familia no quería que fuera, porque sabían que se lo comería. Y él dice:
–Pues voy.
Cuentan que un día un joven, hijo de un vecino, volvió del servicio militar. Había estado fuera muchos años, atrapado en alguna guerra colonial. En cuanto se bajó del tren, su madre le contó todo lo que había sucedido en el pueblo en su ausencia. También le hablaron de la hija de fulano, que la habían echado de casa, la había maldito su padre y se había vuelto loba. Y que se comía a todos los jóvenes que se aventuraban en el caserón abandonado las noches de luna llena. El muchacho había regresado de aquella guerra con el aguijón de la aventura en el cuerpo, así que dijo:
–Madre, la próxima luna llena iré yo.
Y la madre le pidió:
–No vayas, hijo, no vayas.
–Madre, iré.
En la versión fuente aparece un atisbo de diálogo, necesario para construir la voz del personaje principal (junto con la mujer loba). En todas las producciones poéticas tradicionales quien no tiene voz desaparece porque su presencia se vuelve inconsistente. En la versión final aparece la voz de la madre, que contrasta con el silencio de la madre de la mujer. En una sociedad patriarcal y rural a los hijos se los defiende (son mano de obra en el campo y, por ello, garantes de la supervivencia familiar). En la relación con las hijas prima la decisión de padre porque la hija pasará a formar parte de la familia del marido y por tanto no es un elemento productivo que contribuya al futuro sostenimiento de la familia. Por ello en la versión final aparece la voz de la madre del muchacho, aunque en la versión fuente se hable de una decisión familiar.
También se aclara qué tipo de «servicio» había mantenido al muchacho alejado de su pueblo y al margen de lo que allí había sucedido. Como las descripciones han alargado el relato en la versión final, se retoma el motivo de la conversión en loba de la muchacha con fines rítmicos (por repetición) y también mnemotécnicos (por si algún receptor se hubiera despistado por la distancia respecto del principio).
Pues voy, pues voy…, pues fue. Fue, hizo la lumbre y se subió a las castañas; y tapó la boca y todo, que ella no oliera nada. Y ella, luego, se puso a peinarse y a prepararse; tiró la piel y era una chica…; ¡bueno! ¡estupenda! Y él bajó despacio, despacio conto todo tapado, que no oliera nada. Como ella tenía el pelo largo, se estaba peinando así, cara para abajo. Y él baja, coge la piel y se la tira; había un fuego grande, grande, grande, grande, y se la metió en el medio del fuego. Y la abrazó bien, así, bien abrazada; porque, si no, la saca. Y dijo ella:
–Mira; si un pelo me quedara de la piel, lo más grande que te iba a quedar a ti era una oreja.
Y luego, pues como la piel la quemó toda, pues se casó con ella.
Y la próxima luna llena el muchacho se dirigió al caserón abandonado. Cuando llegó, se cubrió las manos y la cara con la arpillera de un saco roto para que ella no lo oliera. Subió al desván y allí la vio, desnuda, lavándose. Se quedó embobado, mirándola. Cuando pudo apartar sus ojos de ella, vio en el suelo, en un rincón, la piel de loba que ella se había quitado. Se acercó a la piel, despacio, y la cogió. Ella había bajado la cabeza y su largo pelo, que estaba peinando, le cubría la cara por completo. En ese momento, él aprovechó que no le veía y, cruzando la habitación, tiró la piel al fuego. Luego, rápido, se quitó la arpillera de la cara y las manos y la abrazó bien abrazada, para que no sacase la piel del fuego. Ella se debatía, intentando escapar de su abrazo para sacar su piel del fuego. Se agitaba como si las llamas la estuviesen consumiendo. Le mordió en el hombro y con sus uñas, largas, duras, llenas de tierra, le arañó la espalda. Él la sujetaba, fuerte, apretándola contra su cuerpo, alzándola del suelo mientras ella pataleaba. Ella sintió el cuerpo del hombre contra el suyo, duro como la tierra. Él sintió cómo su piel ardía, fuego. Ella acercó su boca abrasada para morder y se topó con la boca del hombre, húmeda. Ni un pelo quedó de la piel de la loba, todo se consumió en el fuego.
El amanecer sorprendió a los dos jóvenes aullando el mismo deseo. Nada quedaba del fuego. Nada quedaba de la piel de la loba. Entonces, la muchacha miró a las cenizas.
–Mira; si un pelo me quedara de la piel de loba, lo más grande que te iba a quedar a ti sería una oreja –dijo ella mirándolo a los ojos, desafiante, iniciando de nuevo la refriega.
Y siguieron revolcándose por el suelo, aullando. El hombre se vistió y la mujer se cubrió con la arpillera del saco roto, y juntos, oliendo a castañas, desaparecieron de aquel pueblo para siempre. Hay quien dice que los vio coger el coche de línea. Hay quien dice que los ha visto en la capital.
En este desenlace, el tono se vuelve erótico, como debe ser el encuentro entre dos seres indómitos: la muchacha, expulsada de la civilización, que se procura una vida montuna y una manada sustituta, y el muchacho, que no obedece el mandato familiar y se arriesga a ser devorado por la loba. El tono viene dado por esa escena del “devoramiento” que se convierte en un momento erótico, permitido y auspiciado por la polisemia del término. La concisión en la versión fuente dejaba a la imaginación del público femenino que escuchaba el cuento la construcción de esas imágenes, cada una según su experiencia, y permitía que el cuento fuese decodificado por los niños y niñas que acompañaban a sus madres y hermanas como un relato de aventuras que narraba el encuentro con un ser mágico, con una mujer loba. El detonante para que las mujeres entendiesen que se trataba de un cuento que aludía a un encuentro sexual es la frase final “pues se casó con ella” pues no había obligatoriedad de boda si no se había consumado un encuentro carnal entre dos jóvenes. Y eso era algo que las mujeres sabían y los niños, no.
Aquel día, cuando el pueblo despertó, la familia del joven que había vuelto de la mili no se sorprendió de que el muchacho no hubiese regresado a casa. Pero desde entonces siempre que se les pregunta por la extraña desaparición de aquel joven recién llegado de la guerra colonial, la familia contesta:
–Se lo comió la loba.
Y nosotras sabemos que es verdad, se lo comió la loba.
El colofón, añadido en la versión final, regresa a la pretensión de verosimilitud del comienzo aludiendo a la complicidad de los receptores del cuento (“nosotras sabemos que es verdad”), la narradora omnisciente baja de su posición cenital y se une a las receptoras en ese “nosotras” y juega con el doble sentido de “devorar” y “comer” para cerrar el cuento y hacer de él una estructura circular, un viaje de ida y vuelta, un proceso de iniciación en el que ella regresa a la civilización con su piel enteramente de mujer después de haberse encontrado con lo masculino, que la elige a ella enfrentándose a su familia y saliendo, por tanto, de su zona de confort.
La transformación en ambas versiones se produce en un lugar elevado, el desván, lo que nos permite intuir que, efectivamente, se trata de un proceso de iniciación que conducirá a esta muchacha proscrita a convertirse en una mujer que se encuentra con lo masculino, dispuesto a ser esposo porque no se deja doblegar por lo materno, no cede a los deseos de la madre que busca preservar a su hijo del peligro y mantenerlo a su lado, en el hogar materno.
Versión y reversión se convierten en una subversión que devuelve al cuento su carácter erótico y permite que recupere su verdadera naturaleza: servir como expresión de una iniciación femenina.


Ilustraciones de: Alejandra Fernández •Edición: Beatriz Sanjuán · Freddy Gonçalves
«Este proyecto ha recibido una ayuda del Ministerio de Cultura y Deporte a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura»




Un comentario
Buenísima nota. Genial texto de la mujer lobo. Un cuento popular muy arraigado también en Latinoamérica. GRACIASSS