La acción materna de contar historias
es una política de la memoria.
Sara Ruddick
Creo firmemente que los relatos de la maternidad,
de cualquier clase y etapa,
deben contarse si queremos abrirnos paso
entre la idealización y la demonización.
Jane Lazarre
Necesitamos contarnos como madres, deshacer el hilo trenzado de antiguas tradiciones sobre nuestro «deber ser» y mostrar la construcción iniciática de la mujer que nace al llegar la hijandad. Así como el hijo o la hija construye su identidad a base de relatos contados, la madre también necesita encontrar su nuevo lugar en el mundo. En general, la crianza está ávida de símbolos que acunen el desasosiego que produce nadar contra corriente, dejar de ser productivas, no rendir cuentas al mundo organizado para el trabajo y entregarnos a esta revolución silenciosa, y muchas veces solitaria, del cuidado y el amor. Será este breve artículo un pequeño repaso cronológico por la figura de la madre a través del álbum ilustrado, principalmente contada por escritoras e ilustradoras que han ido liberándonos de una definición impuesta de mujeres complacientes, dulces y perfectas, para llevarnos a la extrañeza del encuentro con lo silenciado: las raras aristas de la maternidad.
Los primeros atisbos quebrantadores de estereotipos los encontramos de manera precisa en los años noventa, con la presencia honesta de «las madres cansadas». Comienza una toma de conciencia, reconocimiento y dignificación de las tareas del hogar. Es posible decir en voz alta que agotan, cansan y no apetecen. Hasta el momento, la imposibilidad de la queja hace profundamente reconfortante la aparición de dos álbumes críticos y honestos: Mi madre es rara (1991), de Rachna Gilmore y Brenda Jones, publicado por la Editorial Juventud, en el que observamos cómo una madre puede transitar estados emocionales poco convencionales en función de su cansancio y cómo termina extenuada ante la ardua exigencia del día a día. Por otro lado, tenemos El libro de los cerdos (1991), de Anthony Browne, publicado por Fondo de Cultura Económica y también por Kalandraka, en el que la crítica sagaz de Browne deja en evidencia que no hacerse cargo de las tareas del hogar es un privilegio injusto y desequilibrado, y que precisamente esta falta de empatía puede sumir a la familia en una de las pocilgas menos acogedoras.

A partir de la década de los 2000, se avanza un poco más en la crítica social y podemos encontrar cómo las madres, además de cansadas, expresan su saturación. Entramos en la era de «las madres que gritan». Lo más interesante de esta época es que se empieza a incorporar al lector como cómplice en la propuesta narrativa: no hay un adulto escritor que quiera explicar algo importante a la infancia, sino un adulto que empatiza y ofrece textos que sirven de espejo al lector, lejos del imperativo didactista. Algunos álbumes representativos de esta época son el ya clásico Madrechillona (2001), de Jutta Bauer, en Lóguez; el controvertido álbum El globo (2002), de Isol, en Fondo de Cultura Económica; o el poco conocido El día que a mamá se le puso cara de tetera (2007), de Raquel Saiz y João Vaz de Carvalho, en OQO. En los tres libros, las madres colapsan, extenuadas, y pierden la compostura que se les presupone. Sin embargo, en cada una de ellas, las consecuencias y la repercusión de sus desahogos emocionales son completamente distintas. Todas grandiosas.

Con la llegada de la década de 2010, el despliegue de ventas y producción del libro álbum se dispara de manera revolucionaria. La toma de conciencia, por parte del mercado del libro, del éxito de ventas que tienen los álbumes comenzó a dar a luz publicaciones cuyo objetivo comercial se alejaba peligrosamente de lo literario o artístico. En ese sentido, se contempla el auge de libros escritos para días puntuales, como, por ejemplo, el Día de la Madre, o teniendo en cuenta, y esto supone un gran cambio, a la adulta como lectora. Es por ello que nos alejamos de la honestidad en la composición de la imagen simbólica de la madre para retomar la imagen complaciente que se materializa en madres superheroínas. Lejos de una visión crítica, las historias parecen decirnos: ¡ánimo, vosotras podéis con todo! Podemos ver en ellas cómo se compaginan la maternidad clásica vinculada con los cuidados y la maternidad laboral, a la par que recogen el agradecimiento a esa labor desde una mirada atenta y dulce. Algunos álbumes representativos son Max y los superhéroes (2018), de Rocío Bonilla y Oriol Malet, publicado en Algar, y Mamá al galope (2017), de Jimena Tello, en Flamboyant; en ambos se percibe lo que podríamos denominar «madres multitarea». En el primero se asume este rol de forma más exitosa y en el segundo se ven los quiebros que produce intentarlo y no lograrlo. Podemos ver en ambos cierta condolencia y gratitud por el esfuerzo desmesurado que supone maternar, trabajar y ocuparse del hogar.

Por fortuna, conforme avanza la década y nos vamos aproximando a la de 2020, empiezan a aparecer una serie de álbumes cuyo público objetivo es impreciso: cabe la dualidad, pero, sobre todo, encontramos temas ambiguos que nos llenan de extrañeza y sacan a relucir las aristas, aún por clasificar, entre lo bello y lo inhóspito. Álbumes que causan extrañamiento y atracción y muestran planos no exhibidos de la maternidad. El primero de ellos es Yo no soy tu mamá (2016), de Marianne Dubuc, publicado en Juventud, en el que atravesamos la incertidumbre de lo que supone reconocerse madre cuando la maternidad, además, ocupa tanto lugar que ya no hay sitio para una misma y, por ende, se añora y dulcifica cualquier tiempo pasado. Y una cuestión poco abordada: el difícil proceso de reconocer al hijo como propio cuando, además, no se eligió ser madre. Otra maravillosa rareza es Madre medusa (2020), de Kitty Crowther, en Ekaré, que representa, por fortuna, emociones poco proyectadas en los álbumes: la madre huraña, los vínculos, la pertenencia, las proyecciones, los límites entre protección y sobreprotección y la renuncia dolorosa que supone soltar el control y confiar en que la vida puede aportar a los hijos e hijas tanto como sus madres.

Si avanzamos un par de años, tenemos esta diminuta perla, redonda y brillante: Calma (2022), de Nanen, en Bookolia. Nos adentramos, en este caso, en el sostén que ofrece la quietud cuando la tiranía se aviva, el ego del hijo crece y la empatía se ausenta. El libro nos presenta un refugio de paz mental para los momentos de demanda elevada y muestra cómo autosustentarse es una buena manera de sobrellevar el temporal. Estamos ante un giro de tuerca, un cambio en la visión de los tiempos: cuando estamos en familia, todos, tarde o temprano, acabamos gritando. Y, por último, La extraña mamá (2023), de Heena Baek, en Kókinos, en el que se nos muestran las vicisitudes de la conciliación y lo extraña que puede ser la sororidad. El binomio incompatible: trabajar y maternar. Y la terrible solución: delegar, encontrar a quien cuide a los hijos, no sentir que los abandonas, abrirse a que la otredad, extraña e inquietante, ocupe el espacio al que, como madre, no llegas.

Es evidente que la representación de la maternidad ha ido logrando pequeñas conquistas muy liberadoras para el imaginario de todos los agentes implicados en la crianza; los álbumes también han ido alejándose, poco a poco, de los retratos hogareños para pasar a ocupar el mundo, y a ello debemos sumarle, en última instancia, que las madres se han convertido en agentes receptores de las historias que cada noche contaban, construyendo así universos narrativos en los que encontrarse.
Este viaje cronológico, no tendrá fin. Seguiremos navegado por el reino de la posibilidad, que es, precisamente, lo revolucionario de la ficción: ensanchar lo cotidiano, romper lo estereotipado, avivar hermosas rarezas, promover la revuelta estética que nos permita hacer el mundo real (¿acaso no es real lo que imaginamos?) más acogedor, menos aislante.
Bibliografía
Mi madre es rara (1991) Rachna Gilmore y Brenda Jones. Editorial Juventud
El libro de los cerdos (1991) Anthony Browne. Fondo de Cultura Económica
Madrechillona (2001) Jutta Bauer. Lóguez
El globo (2002) Isol. Fondo de Cultura Económica
El día que a mamá se le puso cara de tetera (2007) Raquel Saiz y João Vaz de Carvalho. OQO
Max y los superhéroes (2018) de Rocío Bonilla y Oriol Malet. Algar
Mamá al galope (2017) Jimena Tello. Flamboyant
Yo no soy tu mamá (2016) Marianne Dubuc. Juventud
Madre medusa (2020) Kitty Crowther. Ediciones Ekaré
Calma (2022) Nanen. Bookolia
La extraña mamá (2023) Heena Baek. Kókinos
Biografía
Alicia Bululú. Narradora Oral, mediadora en lectura y docente (Formación de Educadores), licenciada en Pedagogía, Máster en Teatro Social e Intervención Socioeducativa, Máster en Atención Temprana e Intervención Neuroeducativa. Fue nombrada narradora inaudita en la Maratón de Cuentos de Guadalajara (2013), Premio Educativo Vicente Ferrer (2018) con el proyecto de inclusión y educación para el desarrollo, Las Felinas, del que fue coordinadora literaria; Premio Fomento Lector en la edición 2023 de la Feria del Libro de Sevilla y Premio Fundación Cuatro Gatos por la publicación de su libro Diario desayuno (A Buen Paso, 2023) con ilustraciones de Raquel Catalina. Actualmente coordina junto con Down España el Proyecto Leovoluntarios de Mediación Lectora y Apoyo Activo para Jóvenes.
Edición: Beatriz Sanjuán · Freddy Gonçalves
«Este proyecto ha recibido una ayuda del Ministerio de Cultura y Deporte a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura»



